Todo tiene un límite

coach1El coaching como disciplina está en continua evolución. Ya no se trata sólo de dictar doctrina, de manejar con habilidad los manidos conceptos de emprendimiento, motivación, liderazgo. Ni siquiera basta con vestir jerséis de cuello vuelto y publicar libros de autoayuda. Hay que ir más allá. El coaching se ha institucionalizado, adquiriendo incluso rango académico (existen varios organismos de rimbombante nombre, como el Instituto Europeo de Coaching, que ofrecen titulación), lo que necesariamente conduce a la sofisticación. Hay mucha gente que, de repente, quiere comer de ese alpiste, y la oferta de coaching se diversifica hasta límites descacharrantes: hay coaching con caballos, hay coaching acuático, coaching instrumental (de música, se entiende), coaching sensorial…

ajram1En este contexto, surgen propuestas como las de Josef Ajram o Isra García. Es el coaching del límite, que se fundamenta en el básico pero atractivo reclamo de llevar al límite la fuerza de voluntad, el sacrificio, el esfuerzo.

A Josef Ajram sólo lo conocía de verlo en la publicidad de los caramelos Fisherman’s, esas contundentes grageas para estibadores que consiguen el efecto de abrirte la garganta en canal y arrojarla sobre un lecho de hielo. Un caramelo para tipos duros.

Lo he dicho ya, el coaching es la nueva religión: una religión que habla del advenimiento de un nuevo tiempo dominado por ejecutivos hipermotivados y creativos dispuestos a darlo todo por la felicidad, por supuesto por una felicidad con muchos ceros; empresarios que sean también aventureros, a la manera de los expedicionarios de la Artántida de Shackleton, siempre abiertos de mente y predispuestos a probarlo todo en aras de la supervivencia, pasando por supuesto por la carne humana.

Entre los sacerdotes de esta nueva religión del coaching, gente como Ajram vienen a representar el prototipo del asceta místico. Por el camino del sacrificio obtienen la redención. Dentro de la nueva religión, Ajram es probablemente el modelo más cercano al icono cristiano. En sus carreras durante cinco días por el desierto, o bajo la nieve, o en triatlones eternos, Ajram siempre acaba exhibiendo sus heridas en carne viva. Son las llagas del sufrimiento, las evidencias del sacrificio que lo conduce a la ascesis. En sus vídeos hay poco discurso: todo está consagrado a la emoción, gracias al pertinente aderezo de la música de tintes místicos. No he leído su libro motivacional, pero por lo hojeado está un poco en la misma línea: mensajes básicos, no muy pulidos, sobre la motivación, la interiorización, el cultivo del ‘mundo interior’ y todo ese tipo de lugares comunes. Lo que cabe atribuir a un hombre de acción. Ajram oficia a la perfección como sacerdote del coaching de la Nueva Economía, y viste de manera eficaz sus galones de patrocinio: Red Bull, las pastillas Fisherman, y en general todas las marcas que se sirven de su cuerpo tatuado de rey vudú y de chamán espiritual para vincularse a conceptos comerciales que les interesan: pasión, motivación, riesgo, vida al límite…  Ajram es también un tiburón financiero, porque como agente de bolsa compite igual que bajo la nieve: a cara de perro, sin soltar nunca el bocado. Un símbolo perfecto y muy cómodo para las grandes marcas: se puede ser romántico y a la vez tener éxito económico.

 

 

Confieso que sus vídeos motivacionales tienen su pellizco. Y que el mensaje del límite, especialmente entre lo más jóvenes, funciona. Nada que objetar a su modelo de negocio: cada uno se curra el branding como quiere, y él se ha forjado su marca. Pero la apuesta emocional tiene sus peligros. Cuando mostramos demasiado de cerca las llagas, cuando le damos excesivo volumen a la música, perdemos la perspectiva de las palabras; bajamos la guardia y no nos percatamos de la pobreza del discurso.

¿Por qué será que siempre que veo un vídeo motivacional recuerdo aquella memorable escena de Cabaret?

 

 

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