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Gastrobarización

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Las ciudades, además de muchas otras cosas, son fabulosos instrumentos de comunicación. Y dentro de las ciudades, los centros históricos constituyen la cocina desde la que se configura y se generan los mensajes, las ideas-fuerza, por cuanto es en ellos donde se concentra eso que llamamos la personalidad, el alma, la esencia de las ciudades.

La ciudad moderna se enfrenta a un serio problema de comunicación. Que tiene que ver con una interpretación depravada de lo que, en las últimas dos décadas, ha venido siendo la rehabilitación. Ha habido proyectos muy bien pensados y sobre todo muy bien intencionados en relación con la recuperación de nuestros centros históricos. Pero salvo honrosas excepciones, al menos en nuestro país, también la apisonadora del ladrillo pasó sobre ellos, imponiendo su lógica depredadora y conduciéndonos a una situación de pérdida total de identidad.

sierpesEn los últimos años, los centros históricos han sido sometidos a un proceso virulento de desmantelamiento de sus señas de identidad en beneficio del consumo, gestionado por marcas multinacionales y su floreciente sistema de franquicias. En consecuencia, y bajo el avieso argumento de devolver la vida a los centros históricos, se ha obrado el aberrante milagro de convertir todas las ciudades en la misma. En la Calle Preciados de Madrid, como en la Diagonal de Barcelona, como en la Calle Larios de Málaga o la Calle Sierpes de Sevilla, las grandes marcas de moda y restauración han conseguido el prodigio de igualar hasta tal punto la estética, los hábitos de consumo y la funcionalidad que en realidad todos parecen viarios de un mismo centro histórico.

El centro histórico sustituido por el centro comercial: una ambición de la política de bajos vuelos que, con el respaldo del comercio local, gozó de furibundo predicamento hace unos años. De forma que no había ciudad con cierto patrimonio histórico hace diez años que no tuviera su propio Centro Comercial Abierto en el perímetro de su catedral y su Ayuntamiento.

En realidad la percepción de los centros históricos tiene un punto de distorsión rayano en la fantasía. Es un poco lo que sucede cuando visitamos Ikea: uno tiene la impresión de que todos los Ikeas son en realidad el mismo, independientemente de su ubicación. Es como si pudiéramos entrar en el Ikea de Badalona y después de un garbeo salir por el Ikea de Alcorcón. Es como si habitáramos dentro de la marca.

Ahora, con la crisis, muchas de estas franquicias que convirtieron las calles de nuestros centros históricos en una valla de publicidad ininterrumpida, se ven obligadas a echar el cierre. Se regresa al negocio local. Pero la marca es demasiado poderosa, y su ausencia provoca un vacío semejante al cráter producido por un obús. Este vacío se ha llevado por delante buena parte de la identidad de nuestras ciudades, de forma que es imposible retomar la esencia sin que el resultado huela sospechosamente a impostura.

En estos días, proliferan en Sevilla los negocios de gastrobar. Se trata de establecimientos de tapas donde la sofisticación es la consigna. Todo es sofisticado, moderno, y también, en cierto modo, tradicional. Se apela a una autenticidad que resulta tan falsa como el escenario de un ‘Peplum’. Porque a poco que se rasque, no cuesta ver que todo son costuras de decoración de un vacío.

Recientemente viajé a Toledo, ciudad que había visitado ya hace algunos años y que recordaba como una ciudad auténtica, con una personalidad fuerte, con carácter. Me sorprendió comprobar que, como Sevilla, su centro histórico también está siendo sometido a un proceso de gastrobarización bastante agresivo. En general ocurre igual con todas las ciudades que visito por motivo de trabajo. Las señas de identidad son reducidas, a través del correspondiente proceso de distorsión comercial, a espacios kitchs para el trasiego de turistas despistados y con prisas. El Barrio de Santa Cruz de Sevilla o el zoco árabe de Granada son ejemplos bastante gráficos de esta tendencia.

La gastrobarización es un intento fallido de neocolonización semántica de nuestros centros históricos y de recuperación de todo lo perdido en el camino de la franquicia. En este proceso el gastrobar no está solo. Cuenta también con la ayuda de tiendas de yogurtería ‘tradicional’ (je), bares especializados en el arte del gin tonic (nunca imaginé que un cóctel tan rudimentario pudiera dar para tanto; también para tanto tonto), tiendas de decoración vintage, tiendas de ropa ecológica, y también, por supuesto, de las nuevas franquicias especializadas en la falsa tradición, como es el caso de cadenas como El Papelón en Sevilla, una suerte de mezcla imposible entre el McDonalds y la taberna tradicional, o La cruz blanca, que satisface el espejismo de disfrutar de la barra de cinc ‘de toda la vida’.

En consecuencia, nos hallamos ante centros históricos que han perdido su capacidad de comunicar, porque fundamentalmente han perdido su mensaje. Y que persiguen por un camino equivocado el anhelo perdido de la autenticidad. La ciudad, al final, no es más que el espejo de nuestra propia personalidad social: con cuántos vendedores de autenticidad te encuentras cada día. Y cuántas veces piensas que detrás de esos vendedores no hay más que fachada.