Rebeldía

momo

Creo que nos equivocamos viviendo la vida seriamente. Porque la vida no es nada seria: basta echar un vistazo al periódico matutino, darse un garbeo por las redes sociales o, más cerca, ver la cara de encabronados que gastan muchos conductores de camino al trabajo para comprobar que la vida es un enorme chiste. Sólo que nuestras circunstancias nos han vuelto tan antipáticos nos empeñamos en no reírle las gracias.

Hace tiempo, me fastidiaba ver a gente sonriendo por la calle. “¿De qué coño se ríe éste?”, pensaba, y siempre tendía a ver en aquella reacción una ofensa. “¿Será de mí?”. Ahora me ocurre al contrario: muchas veces estoy tentado de detener al que va riéndose por la calle y pedirle que me lo cuente, que lo comparta conmigo, que me contagie con el sabor de su exquisito caramelo.

Tengo la sensación de que empieza a pasar lo peor. Igual estoy equivocado. Pero después de tanta batalla a la intemperie, he aprendido a convivir con los obuses. Y hasta empiezo a identificar belleza en medio de tanto paisaje descuartizado. O quizá me equivoco: quizá ando perdido en medio del campo de batalla, y aún quedan por arreciar muchas tormentas. Empieza a darme igual: a fuerza de temporales, sé lidiar las borrascas.

La vida, sí, es un chiste, un juego. Si reflexiono fríamente sobre la responsabilidad que cada mañana porto sobre los hombros; si me detengo a pensar en que el alimento de mis hijos depende de lo que yo traiga a casa; si me paro a pensar en que los cimientos de mi vivienda tienen una solidez más que relativa, que todo depende del aséptico compromiso de una nómina que a su vez depende de que las cosas vengan más o menos bien dadas, no es difícil caer en el vértigo. Pero por qué no transformar ese vértigo en un juego, por qué no trabajar como quien tira los dados y echa a andar su ficha por un prometedor tablero.

Es mejor, casi siempre, no pensar demasiado, no hacer planes. Jugar, mover los dados, darlo todo en el juego, pero nunca perder la sonrisa. Es lo único que tienes, la sonrisa, es lo único que los bancos y los recortes del Gobierno no van a quitarte. A fin de cuentas, la única certeza de tu vida es el hecho de vivir.

En Momo, aquella deliciosa novela juvenil de Michael Ende, había unos hombres grises que se dedicaban a robar el tiempo de las personas. Los hombres grises trabajaban en el Banco de Tiempo, eran tristes y siniestros hombres enchaquetados que se empleaban en fumar puros y robar el tiempo, reduciendo la vida de los hombres a la actividad productiva, y convirtiendo la existencia en una experiencia estéril, antipática, desabrida. En verdad, Ende escribió una verdadera novela de anticipación, y en cierto modo su distopía parece estar cumpliéndose. Hay mucha gente desempleada, pero los que aún tienen un empleo se asemejan cada vez más a autómatas, gente desapasionada, fría, entregada al ejercicio laboral en cuerpo y alma sólo que sin alma: muertos vivientes con el tuétano desintegrado por el miedo al abismo del desempleo o la miseria.

Particularmente, prefiero el juego. Implica vivir siempre sometido al designio de los dados. Pero es mentira que sea posible la estabilidad, la estabilidad es incompatible con la naturaleza humana. La clave está en aprender a domeñar el vértigo. Y entretanto, destripar cada minuto con la sonrisa siempre puesta.

Cada vez estoy más convencido de que reír no es sólo terapéutico, sino también un verdadero acto de rebeldía: por más que lo intenten, es lo único que los hombres grises nunca podrán quitarte.

One comment

  1. Hequix

    Muy cierto, la sonrisa es la antesala de la risa, y la risa se parece a la alegría que es un sucedáneo de la felicidad.

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