Purpurina

purpurinaTengo la peregrina teoría de que el coche de uno acaba asimilando elementos de la propia personalidad y carácter de quien lo conduce habitualmente. Como una extensión del propio cuerpo pero hecha de chasis y carrocería, el automóvil acaba proyectando de un modo extraño cierta imagen prolongada de uno mismo: si tiendes al desorden, tu coche será una pocilga; si tiendes a ser escrupuloso, sobre el salpicadero se podrá comer como si fuera un plato impoluto. Si eres coqueto, en el coche siempre olerá bien, y lo llevarás siempre muy limpio, como el ascensor de un hotel de cinco estrellas.

Mi coche es parecido a una selva. Ya lo era antes, pero después de que vinieran los niños la zona de los asientos traseros se ha convertido en una especie de vertedero de parque infantil, donde compiten entre sí los gusanitos, los tapones de botellas de agua y los engranajes inservibles de juguetes.

Cuando me veo en la tesitura de salir del coche para realizar una gestión mientras los niños permanecen en el asiento trasero, es habitual que se produzca la invasión de la zona delantera: Pablo y Alicia se zafan de sus cinturones y asaltan el volante, el cuadro de mandos, la guantera. Se comportan como piratas al abordaje, resulta complicado contener sus ataques.

Mi hija Alicia, no sé si lo he dicho, está obsesionada con todo lo que represente pringue: le gusta la arena y el barro, le gusta jugar con el agua en el cuarto de baño, le gusta trajinar con los geles y las colonias, y también, si su madre se descuida, con las pinturas de cara. Una cosa que la vuelve loca es la purpurina. Se la echa en la cara, sobre los párpados, en la mejilla, y va por la calle toda contenta, luciendo sus coloretes como un mamarracho, como un payaso en horas bajas, feliz y coqueta, descubriendo cómo la luz le llena de brillo y color la piel. Es feliz así, con toda esa brillantina manchándole la cara, importándole una mierda lo que digan o el aspecto desastroso que lleve. Ella siempre sonríe.

Le volvía tan loca la purpurina que tuve que recurrir a incautarle todas sus existencias. Drásticamente, porque la cosa había ido muy lejos: los rastros de brillantina estaban por toda la casa, por toda la ropa, por toda su piel. Uno de los botes, sin embargo, sobrevivió a la incautación: quedó en la guantera del coche, allí donde suelo depositar las llaves y el móvil.

Hace una semana se produjo el desastre: aprovechando que compraba tabaco y cerveza en el kiosco, los niños perpetraron el abordaje. Ya era demasiado tarde –concretamente al día siguiente- cuando me percaté que la invasión había producido un daño irreversible: el desprendimiento de la tapadera del bote en la guantera, con el correspondiente derramamiento de toda la brillantina sobre la superficie del coche.

En las últimas semanas ocurre que, sin remedio, siempre llevo purpurina en la piel. Es inevitable, porque por más que limpie todo el coche está lleno de esquirlas brillantes. Es imposible evitar que la brillantina acabe en mi frente, o en el cuello, o junto a los párpados. Así que compongo una estampa bastante ridícula cuando me toca ir a visitar a un cliente con chaqueta y corbata, y observo cómo el cliente me mira de un modo extraño a la cara. No es difícil imaginarle conjeturando morbosas historias para explicarse esas manchas.

-Tienes brillantina ahí –me ha dicho mi cuñado hoy, durante el almuerzo, señalándome la mejilla.

Le he contado la anécdota y se ha sonreído. Y yo también lo he hecho. Porque a fin de cuentas, pensándolo bien, es algo que ni siquiera me molesta. Bien mirado, es incluso divertido sentirse un poco Estela Plateada.

En realidad, debo agradecerle a Alicia su generosidad: ¿no os parece bonito que quiera traspasarme un poco de su brillo?

4 comments

  1. Silvia Cotes

    Buenos días, Dani.
    Brillar no está tan mal, mejor aún si es tu hija la que te lleva por el sendero de los destellos y las sonrisas. Tengo que agradecerte las risas que me has robado esta mañana leyendo tu fantástica historia de coches caracterizados y niños felices.
    Besos animados para una familia que se le merece.

  2. Zuriñe

    Gracias por tu historia Dani!
    Me ha recordado, que de vez en cuando hace falta, que debemos dejar que nos impregnen con sus cosas cada día sin miedo a saltarnos las dichosas reglas establecidas de orden y limpieza…

  3. Quique

    Me encanta la historia, Dani.
    Me ha recordado a otra, aunque los personajes serían muy distintos.
    Todo el asiento trasero del coche de un amigo lleno de lentejuelas… Y por más q limpiaba siempre aparecían, ya te puedes imaginar.

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