Rebeldía

momo

Creo que nos equivocamos viviendo la vida seriamente. Porque la vida no es nada seria: basta echar un vistazo al periódico matutino, darse un garbeo por las redes sociales o, más cerca, ver la cara de encabronados que gastan muchos conductores de camino al trabajo para comprobar que la vida es un enorme chiste. Sólo que nuestras circunstancias nos han vuelto tan antipáticos nos empeñamos en no reírle las gracias.

Hace tiempo, me fastidiaba ver a gente sonriendo por la calle. “¿De qué coño se ríe éste?”, pensaba, y siempre tendía a ver en aquella reacción una ofensa. “¿Será de mí?”. Ahora me ocurre al contrario: muchas veces estoy tentado de detener al que va riéndose por la calle y pedirle que me lo cuente, que lo comparta conmigo, que me contagie con el sabor de su exquisito caramelo. Contunuar leyendo

Mercedes Alaya, marca registrada

MERCEDES-ALAYA

Los jueces son marcas. Eso en España lo descubrimos con Garzón: en los tiempos en que nuestro juez más internacional comenzaba a hacer sus pinitos con el caso Nécora, en el sector de la abogacía madrileña se le consideraba mal. La percepción fue acusándose a través de los sucesivos casos dirigidos por el magistrado. Le afeaban su ansia de notoriedad, cierto gusto por los flashes y un instinto ingobernable de salvapatrias. Pero el hecho es que Garzón ha acabado volando muy alto, tan alto que ya ninguna miseria le toca. La retirada de la magistratura no llega a hacerle mella: más bien es un galón que agranda su leyenda. Garzón es el Elvis de los jueces.

Desde Garzón no había surgido ninguna figura que estuviera a la altura. Icónicamente, se entiende. El juez Ruz tiene un perfil demasiado chato. El juez Grande-Marlaska apuntaba maneras, ayudado por su imagen de homosexual cool, pero con la selección de los casos no ha estado tan atinado: salvo el del Yak-42, en su currículum no abunda la controversia.

La jueza Alaya pertenece a otra generación, pero ha irrumpido con fuerza en el Parnaso de los Jueces Artistas erigiéndose en una marca potentísima. Si Garzón es el Elvis de los jueces, Alaya lo tiene todo para ser la Marilyn Monroe de las juezas. Aunque no es precisamente su estilo: a ella le va más el rollo bisoño y recatado de Audrey Hepburn. En la ejecución icónica, el resultado, sin embargo, se aproxima mucho más, a veces de forma sorprendente, a Isabel Preysler. Tiene su misma falta de calidez, su envaramiento digno y esa feminidad fría que se confunde tanto con la elegancia.

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La zona de confort

Aunque es un poco largo, tiene lo que ha de tener un buen viral: cierto halo pseudocientífico, un envoltorio impecable y un puntito de provocación. Lo justo para que se haya extendido por todo el mundo como una suerte de nuevo credo de vida, como un nuevo código ético cuya asimilación se ha visto favorecida porque su filosofía casa bien con estos tiempos de padecimientos y fatigas que nos toca vivir.

 

 

Hasta el punto de que ya es un nuevo tópico. No hace falta que os lo resuma, porque el vídeo está hasta en la sopa. Hay que salir de la zona de confort, abandonar todo aquello que nos acomoda, recuperar el sentido de provisionalidad de nuestras vidas. Nada es para siempre, todo muta, todo cambia. Te das cuenta de ello cuando estás fuera de la zona de confort. Y estar fuera de esa zona te ayuda a ser más dinámico, más emprendedor, más capacitado para asumir los cambios.

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La calle es de ellos

A menudo voy a una cervecería donde la tiran muy fresquita. Es el tipo de sitio donde el cerveceo es compatible con el esparcimiento de los críos: hay una extensa zona de veladores, y desde la mesa, mientras coleccionas vasos vacíos, puedes seguir los movimientos de los niños, a lo lejos.

El sitio suele estar atestado de niños, pero los padres siempre están tranquilos. Hasta que no vi el cartel no lo había pensado, pero es como una especie de centro comercial privado en abierto: a un lado, los bares; al otro, el discreto parque infantil.

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Rentré

banoEn estos días revivimos muchas cosas que ocurrieron hace justo un año. Por eso es un tiempo extraño. Vuelvo a retomar la rutina laboral y me recuerdo a mí mismo en estos mismos días de 2012, cuando recorrimos el abismo, con una sensación rara, en la que la presión del pecho y las ganas de llorar por todo han dado paso a una sensación de suave tristeza, de melancolía despojada de dramatismo pero constante, que barrunta lo que imaginábamos: que ya nunca seremos los mismos. Contunuar leyendo

Social Media Bluff

socialmediabluffSe puede formar desde el rigor: ofrecer contenidos de calidad, a través de metodologías avanzadas, que permitan lo que toda formación profesional pretende, esto es, favorecer la mejora de las competencias y una mayor eficiencia en el desempeño. Ocurre, sin embargo, que hay disciplinas que, por su propia oquedad, por su carácter voluble y todavía no del todo fijado, sufren de evanescencia. Y esa evanescencia acaba resultando notoria, explícita, por más que se pretenda ocultar bajo capas y capas de maquillaje. Contunuar leyendo

La mejor magia del mundo

magia-trucosNo está. De repente, todo se suspende, es una sensación como de que nos faltara el suelo. Pero no es nada agradable, produce un vértigo horrible, supongo que parecido al que provoca caminar por una cuerda floja. Espe me llama, por encima del ruido de los altavoces, saturados de esta infernal música de verbena, la escucho bien.

 

-¿Y Pablo? ¿Está contigo? Contunuar leyendo

Purpurina

purpurinaTengo la peregrina teoría de que el coche de uno acaba asimilando elementos de la propia personalidad y carácter de quien lo conduce habitualmente. Como una extensión del propio cuerpo pero hecha de chasis y carrocería, el automóvil acaba proyectando de un modo extraño cierta imagen prolongada de uno mismo: si tiendes al desorden, tu coche será una pocilga; si tiendes a ser escrupuloso, sobre el salpicadero se podrá comer como si fuera un plato impoluto. Si eres coqueto, en el coche siempre olerá bien, y lo llevarás siempre muy limpio, como el ascensor de un hotel de cinco estrellas. Contunuar leyendo

Jugar con fuego

hogueraLos conté: eran más de cuarenta. En esos cuadernos manuscritos se resumía toda mi vida laboral en la empresa. Cuadernos plagados de anotaciones, tachaduras, dibujos casuales al hilo de entrevistas o de reuniones. Todo lo que me ha ocupado y preocupado en estos quince años como consultor de comunicación en activo, en los que he tenido tiempo de hacer casi de todo.

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Domestiquemos el paladar

aguas_residualesAdemás de muchas cosas buenas, la cañería de Internet ha arrastrado también mucha porquería. La barra libre es lo que tiene: puedes ponerte muy puesto, pero al día siguiente la cabeza y el vientre se resienten a base de bien. De acuerdo, no faltó la bebida, pero cuando es demasiado tarde te das cuenta de que te la estaban metiendo doblada con el garrafón.

Hay mucho contenido garrafón en Internet. Primero perdimos el rigor y después la vergüenza. Lo que no perdemos, parece, es la cara dura. Como todo puede arreglarse a fuerza de hipervínculo, y como dejamos las notas al pie abandonadas en el camino (eso es para esas cosas tan raras que se llaman libros), ahora uno puede ponerse a escribir de lo que le salga en gana, y sentirse filósofo incluso, sin atisbo de rigor ni de rubor. Más: y ponerse a dar ponencias, a sentar doctrinas, a convertirse en un gurú de la cosa del coaching y a pasear palmito por las más reputadas escuelas de negocios como una estrella de rock en formato de corbata y power point. Para ello ayudan, y mucho, las imágenes. Una buena infografía posiciona, ¿no? Y también nos devuelve al lenguaje primario, el de los iconos, muy adecuado para llegar al público iletrado, ese que el último libro que ojeó fue uno de Petete, ese que se maneja tan bien por Internet, ese que siente una irrefrenable querencia por el retuit.

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