Mal gusto

cajamadrid

Lo de las tarjetas negras de Caja Madrid complica bastante la cosa a todos los que nos afanamos en construir ficciones con punch. Porque resulta difícil concebir historias sobre corrupción más sórdidas, miserables y repugnantes que ésa. En general, de un tiempo a esta parte, España se está convirtiendo en un parque temático de la corrupción de proporciones monumentales. El parque tiene hasta su propio aeropuerto, el abandonado de Castellón, sus propios pabellones, como la mastodóntica Ciudad de la Cultura de Santiago, y desde luego atracciones con riesgo pero que representan todo un espectáculo visual, como ésta de las tarjetas de Caja Madrid, o como el escándalo de los EREs, o como el paraíso fiscal de los Pujol. Todo ello configura una “Marca España” que incompetencias de gestión como la del caso de la enfermera de Ébola de Alcorcón no hacen sino apuntalar, y que acaba convirtiendo al político en el gran artífice de nuestro dibujo como país. En este sentido, pienso que los políticos han añadido a su saco de usurpaciones uno que afecta muy de lleno a los artistas, a los escritores, a todos los que aspiramos a contribuir a la construcción del relato social: el de la propia creación de las tramas. Si uno se ha propuesto escribir una novela sobre corrupción, difícilmente podrá llegarle a la altura de los talones a un caso como el de las tarjetas negras de Caja Madrid. Cotejada con tramas como ésta, o como la del escándalo de los EREs, o como la de la contabilidad B del PP, hay muchas obras noir que se le caen a uno de las manos: resultan ingenuas, desvaídas, sin fuelle. La voracidad de los políticos parece no tener límites, hasta el punto de que, cual poetas factuales, están fagocitando a través de sus acciones todas las vías creativas posibles e imaginables en el ámbito de la narrativa sobre corrupción. Frente al paisaje de la política española, Forsyth y Le Carré envejecen rápidamente y sin remedio.

Nada que objetar a este intrusismo. Como periodista que soy, me he acostumbrado a la competencia ilegítima. Pero el político, por mucho arte que le eche a la cosa, sigue sin ser un artista. Y eso se nota, sobre todo, en las formas. Porque todos estos casos adolecen de un nivel de zafiedad insultante. Si uno echa un vistazo a los apuntes de las tarjetas negras de Caja Madrid, con todos esos gastos desmesurados en tiendas de relojería, en clubes de copas, en zapaterías de alta gama, no puede sentir más que rechazo, desagrado, dentera. Como quien observa las tripas muertas de un perro en medio de la calle y se ve obligado por asco a desviar la vista, el aspecto de las vísceras repugna, produce arcadas, es feo. Es nuestro consuelo: la voracidad del político parece no encontrar techo. Pero en el caso de la ficción, siempre van a encontrarse con la barrera infranqueable del buen gusto.

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