Libros viejos

Libro

Leer no nos convierte en personas más distinguidas ni elevadas. Leer no es un acto aristocrático, nunca lo ha sido: hubo un tiempo en que no existió nada tan popular. El acto de la lectura, de hecho, era un acto comunal, compartido, en voz alta. Se leía junto al fuego de la chimenea; el libro era accesorio a la llama del hogar.

Hoy la televisión e Internet han desplazado al libro de su posición central dentro de la vivienda y el acto de lectura se ha convertido en una experiencia íntima. De ahí vienen los malentendidos en torno a la pérdida de consideración de la lectura como un acto compartido, democrático, generador de comunidad. Se tiende a considerar la lectura como una experiencia individual que nos proporciona viajes arrebatados, transporte, migración. Cuando no es mentira que la construcción de un relato no es algo individual, porque todo individuo participa de la comunidad y de su interacción con ésta para forjar dicho relato. Sobre esto ha escrito, y de forma mucho más lúcida, Constantino Bértolo.

Hay quien muestra escrúpulos hacia los libros usados. En esa relación íntima que algunos se fabrican artificialmente con los libros, llevan la vivencia hasta el extremo erótico, convirtiendo el acto de lectura en una sesión de alcoba. Nadie está allí y nadie puede testimoniar esa relación, que ha de ser, se engañan, impecable, inmaculada, virgen. El olor del libro es importante, así como la calidad de la impresión, la ausencia de páginas dobladas. Es un cuerpo nuevo que nadie, salvo el lector/comprador, debe osar mancillar. De ahí viene, pienso, la incomprensible artimaña de algunas editoriales que venden los libros precintados, como hímenes sólo quebrantables a cambio de dinero.

Leer, no, no es algo elevado, ni es un ejercicio que nos permita el ascenso social. Porque el libro nunca es algo virgen, es más, su única pretensión debe ser la de prostituirnos, la de embarrarnos, la de anegarnos de porquerías y dudas.

Siempre he sido lector de bibliotecas. En los libros usados he encontrado la mayor parte de lo que más o menos sé. No negaré que el libro nuevo me subyuga: el olor a vainilla de la página recién comprada, la perfecta rugosidad del papel, la lozanía de los lomos que no han sucumbido aún al peso ni las caídas. Pero no es menos cierto que el libro usado es más sabio: tiene más vida, probó más experiencias, fue tocado por más manos. Los libros son putas, los libros son chaperos, los libros son sabios callejeros, y el que no muere al poco de nacer, huérfano de comprador y por tanto condenado a la destructora de papel, tiene garantizada una larga vida. Hay librerías de lance que parecen cementerios, pero todo se trata de una ilusión, de un engaño: los libros viven expectantes, en una víspera permanente frente a la oportunidad de su reencarnación, frente a la ocasión para hundir sus letras en nuevas pupilas y contar sus historias a oídos diferentes los que los acogieron por primera vez.

Mientras nos decidimos y no a matar para siempre al libro en papel, yo proclamo mi amor por el libro usado y declaro mi desprecio hacia el lector escrupuloso. El lector de libros impecables padece, aunque no lo quiera reconocer, de la enfermedad del clasismo: aquí mi libro y yo, aparte el resto. Ello implica una ideología, una forma de estar en el mundo, que pasa por alto, ignorante, una máxima incontestable: que leer siempre es infectarse, que los libros están llenos de bacterias, que las palabras cuentan abriendo espacios, creando lugares, haciendo daño.

 

One comment

  1. Kolmogórov

    Estoy atrapado en una novela. La empecé ayer y no puedo parar de leer. Se llama “El ruido y la furia”. Por cierto, que es una edición del año setenta y tantos que compré en un sórdido lugar por menos de un euro (pues Faulkner iba a granel en compañía de Hemingway, Pio Baroja y Dostoievski, entre otros). Si el mercado es oferta y demanda, me alegro de que estos ejemplares les den asco a los demás, porque así me salen regalados: Pero el verdadero regalo es que el señor William se sentara en su casa un día tras otro, pudiendo hacer muchas otras cosas, a cavilar y diseñar pacientemente esta cosa, este invento, y nos lo regalara a todos para nuestro regocijo.

    Antes de la crisis, nunca se me hubiera ocurrido comprar un libro de segunda mano. Puede que la crisis tenga también un lado bueno.

    El discurso de Benito Pérez Galdós en su ingreso a la RAE. Se titula “la sociedad actual como materia novelable”, y viene a decir lo mismo que señalas al principio: que la sociedad es la cantera de la que el escritor saca los materiales; a la vez es el auditorio que recibe y juzga el producto una vez elaborado.

    Saludos.

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