La mejor magia del mundo

magia-trucosNo está. De repente, todo se suspende, es una sensación como de que nos faltara el suelo. Pero no es nada agradable, produce un vértigo horrible, supongo que parecido al que provoca caminar por una cuerda floja. Espe me llama, por encima del ruido de los altavoces, saturados de esta infernal música de verbena, la escucho bien.

 

-¿Y Pablo? ¿Está contigo?

Porque no, por que es evidente que no está, ni conmigo ni con su hermana, que no se han alejado del grupo de la familia, tampoco con su primo, ni más allá, donde decenas de niños, entre los que reconozco a alguno de sus compañeros de clase, juegan a la pelota. Les pregunto, pero no saben, lo vieron hace rato, dicen, y todo mi campo de visión es un garabato de sombras, niños que van y vienen, padres que se palmean las espaldas mientras celebran satisfechos el fin del curso escolar de sus hijos, multitudes apelotonadas ante la barra pidiendo consumiciones con las que aliviar el calor. Se hace de noche, y él se conoce el colegio, pero aterra no tenerlo a la vista, aterra conjeturar posibilidades innombrables. El niño, dónde está el niño, porque el ruido no hace sino acrecentar la angustia. Corro hacia los servicios, allí un amigo suyo me dice que no lo ha visto en toda la tarde, y de repente soy un hombre roto, un trapo hecho jirones, porque la incertidumbre y sobre todo el miedo me vuelven vulnerable, me reconcilian con todo lo blando que hay en mí y que intento ocultar todo el tiempo como una coraza, fingiendo que soy fuerte y de verdad estoy hecho para la vida. Veo a Espe buscando entre los grupos de padres, distingo a mi cuñada que también se ha sumado a la búsqueda, pero no hay nada. Es un deseo de gritar, es un deseo de subir hasta el escenario donde un payaso amateur está voceando mientras saca prodigios de su chistera para pedir a todos que busquen a mi hijo, para pedirle al mundo que se detenga por un instante y que me dejen encontrarlo, porque está solo, porque no me tiene a su lado. Espe tiene mala vista, sin gafas no distingue un árbol de un elefante, la vista es mi mejor sentido, podría decir que el único bueno, pero aun así quien acaba encontrándolo es ella. Está allí, precisamente ante el escenario, contemplando en primera fila los trucos del mago. Espe lo abraza, y yo me freno mientras todos aplauden al mago, el niño mira un tanto alarmado a su madre, pero ella se contiene, no hay nada que temer, no hay miedo, el miedo no existe porque nosotros estamos allí, el miedo no es una posibilidad porque nos tiene a nosotros, y nosotros somos fuertes, y estamos hechos de hierro, somos estructuras sólidas consagradas a su protección.

Espe regresa junto a la familia y yo me quedo allí con él viendo los progresos del mago. Lo abrazo con fuerza, pero no lo suficiente para que perciba que ha pasado algo extraño. En ese momento, con teatral ceremonia, el mago extrae de una caja donde antes no había nada una flamante paloma. Todo el mundo aplaude, también Pablo. Miro a la cara a mi hijo: tiene los ojos abiertos como si acabara de presenciar un milagro. Nunca más, ni él ni, yo, volveremos a contemplar con tanta felicidad un espectáculo de magia.

 

One comment

  1. eva

    Muy real, como la vida misma, y muy cierto ese sentimiento de vulnerabilidad. Yo lo tuve y no soy su padre. Estuve en ese escenario, lo busqué arriba y abajo, estaba como dicen aquí “abarrotao” de chiquillos expectantes, no dejaban espacio al mago que se puso a sudar sin parar, hacía calor también. Sabía que había ido con su primo a mirar, pero su primo volvió solo…a Pablo le pudo la curisidad, esa que te deja pegado al suelo y no piensa en nada más que lo que ve. A veces, cuando vuelvo del trabajo, en coche,me pongo a pensar…y cuando “vuelvo” estoy en otro lugar , y lo anterior se lo llevó la vida porque yo no me acuerdo y…si da miedo, me pongo a pensar cómo he pasado el puente centenario, por dónde, a qué velocidad y no recuerdo nada de nada. Sí recuerdo en qué estuve concentrada y porqué…Un besote

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