La calle es de ellos

A menudo voy a una cervecería donde la tiran muy fresquita. Es el tipo de sitio donde el cerveceo es compatible con el esparcimiento de los críos: hay una extensa zona de veladores, y desde la mesa, mientras coleccionas vasos vacíos, puedes seguir los movimientos de los niños, a lo lejos.

El sitio suele estar atestado de niños, pero los padres siempre están tranquilos. Hasta que no vi el cartel no lo había pensado, pero es como una especie de centro comercial privado en abierto: a un lado, los bares; al otro, el discreto parque infantil.

El cartel me llamó la atención, por eso tomé la foto. Descubro que la plaza a la que acudo a trasegar cerveza mientras les da el aire a los niños es privada. Para uso exclusivo de los clientes de los locales, dice.

plaza

No conocía este modelo, pero no me extraña. Es una extensión natural de la dinámica del centro comercial, donde el espacio ya no es público, sino que pertenece a las marcas. Te dejan habitar temporalmente en él, pero siguiendo unas reglas del juego preestablecidas. Para estar allí has de consumir. Para permanecer en sus calles debes mostrar obediencia a la seguridad privada contratada por el centro. Están prohibidas aberraciones del tipo consumir productos que no sean adquiridos en el local de turno.

Estás en un espacio privado, y ese espacio privado te proporciona sensación de seguridad. A cambio se paga el precio de sentirse mercancía. A cambio se compromete obediencia, se regala docilidad. No es tu sitio, así que no te quejes del horripilante hilo musical, ni de la temperatura glacial, ni del acoso de los insistentes vendedores de tarjetas de crédito de las marcas que contribuyen a sostener todo este tinglado. Supongo, no sé, que incluso puedes ser grabado (ya lo estás siendo, de hecho, por el sistema de seguridad del centro), y que no cabe más objeción que la de los hechos: largarte directamente a otro sitio.

Según he escuchado, cierta cadena andaluza de supermercados sigue una estrategia bastante agresiva para facilitar su implantación en nuevos espacios urbanos: se compromete a acometer parques infantiles en todas las plazas en las que se implanta, con lo que contribuye a mejorar las dotaciones de espacios de juego para los más pequeños. La jugada parece buena para los Ayuntamientos, y es buena desde una perspectiva cortoplacista (los parques les salen gratis), aunque a la larga es una práctica aberrante: vayas al supermercado de esa cadena que vayas, todos los espacios parecen idénticos: mismo tipo de suelo, mismas vallas, mismos columpios. Y así consiguen algo prodigioso: que no haya diferencias entre los distintos lugares, de manera que resulte lo mismo estar en ese supermercado en Dos Hermanas que en el supermercado de la misma cadena de, pongamos, Linares. Es lo que hacen las grandes marcas en los centros históricos: entre todas ellas han logrado crear paisajes urbanos donde la diferencia se ha eliminado, y todo parece indistintamente igual: mismos Starbucks, mismos Cortefiel, mismos Benetton… Y así, cada vez más los centros históricos se van acercando a los centros comerciales, y de este modo todo el espacio urbano se va privatizando, se va arrancando de la vivencia pública para transformarse en lugares donde ya no cabe hablar de ciudadanos, sino de clientes.

Las redes sociales han sublimado este concepto de centro comercial privado. Bajo la apariencia de espacios donde quien manda es el consumidor, lo cierto es que no hay espacios en los que el ciudadano mande menos que en Facebook o Twitter. Son espacios alquilados, bajo el arbitrio y la vigilancia de los propietarios de las plataformas, quienes tienen total impunidad para cancelar cuentas o sancionar a quienes consideren. Granjas virtuales donde el broiler es embuchado y utilizado como mercancía para extraer datos de interés comercial, sin cortapisas de privacidad, y donde el usuario está sometido a una saturación de reclamos comerciales que se ajustan a sus perfiles.

Me gusta demasiado la cerveza para atreverme a asegurar que no volveré a ir a ese bar. Pero no negaré que desde que sé que se trata de un espacio privado el velador no me resulta tan agradable. Bebo sin poder quitarme ese extraño amargor: no puedo evitar pensar que nos están ganando la partida.

One comment

  1. Kolmogórov

    Es lo que hace el Hombre desde que es hombre, arrasarlo todo. Pasa que ya somos muchos, demasiados.

    No hay hombre buenos y hombres malos. Somos una plaga. Vivamos con ello. Primero para el planeta, después para nosotros mismos. Cuanto más bueno me creo que soy, más grandes son las trastadas que hago.

    Saludos.

Escribe un comentario

Puede usar HTML:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>