Historias para rato

Han sido semanas de mucha agitación con la presentación y la promoción de mi nueva criatura. Qué puedo decir, estoy contento, por la respuesta de los lectores y por el hecho de que, por primera vez, una novela mía alcance mayor visibilidad que la de costumbre.

La gente de Tusquets, a la que he tenido oportunidad de conocer en estos días entre Barcelona y Madrid, me ha parecido estupenda. Editores, trabajadores de la editorial, autores… todos gente simpática y amable. He sentido muy de cerca el aliento de todos ellos, e incluso estaba un poco abrumado cuando hablaban tan bien de mi novela, como si fuera un hijo mío que se portó fabulosamente en mi ausencia. Incluso pretendían ayudarme a cortar el solomillo, cuando me veían tan torpe con el cuchillo por culpa de la puñetera mano.

Ah, la mano, eso no lo he contado. Es cierto que hace mucho tiempo que no paso por aquí, pero prometo regresar con más frecuencia a partir de ahora. Tengo, sí, un problema con mi mano. Mi mano izquierda, para más señas. Con la que hago prácticamente todo lo que sé hacer con una mano, ya que soy zurdo riguroso. También escribir.

Muy brevemente: a comienzos de febrero, un buen día (más preciso sería decir una buena noche: la recuerdo perfectamente, fue la noche de la gala de los Goya), mi mano izquierda se durmió. Aunque me sentí algo raro, después de 3 o 4 Bloody Mary, me marché a dormir, pensando que cuando despertara el hormigueo y la sensación de inmovilidad se evaporarían.

Pero desperté y la inmovilidad seguía allí. La inmovilidad estaba acompañada de un dolor agudo en todo el brazo, por lo que nos fuimos a Urgencias. Después de varios días ingresado y más de media docena de pruebas, el diagnóstico fue, a un tiempo, tranquilizador y algo extraño. Tranquilizador porque no había nada coronario detrás (ictus, apoplejía, todas esas palabras que escuecen en la boca), pero extraño porque se trataba de una patología extraña.

-Parsonage-Turner –dictaminó el neurólogo, recitando pomposamente el diagnóstico delante de media docena de becarios, como si hubiera cantado un orgulloso bingo.

Parsonage-Turner es –lo que he aprendido de neurología en estos meses- una patología desarrollada por el organismo como un mecanismo autoinmune frente a la invasión de una bacteria. Acaba con las bacterias pero también te deja secuelas en los nervios. Al final no parece que haya sido esta patología, pero sí una especie variación; hablando en plata, un pinzamiento jodido del nervio radial.

Y así me encuentro ahora. Vuelvo a escribir con el dedo índice, como cuando comencé a escribir con la Olivetti de mi abuelo, porque debo esperar a la regeneración del nervio radial que me llevará algún día –eso espero- a recuperar la movilidad. Entretanto, me está vedado el aplauso, el pelado de patatas y comportarme como un comensal educado.

Es fastidioso. Quien más quien menos te observa la mano, que no te responde cuando tú le das órdenes. Se pasa mal, se llega a imaginar cómo se siente un impedido. Te haces un poco más viejo de repente.

No han sido buenos meses, no. Muchos días sueño con que vuelvo a mover la mano como antes. Sueño que aplaudo.

Recuerdo con angustia el puñetero rato metido en la aséptica y ruidosa tumba donde te hacen las resonancias, y recuerdo que pensaba intensamente en mis hijos mientras las indiferente máquina me loncheaba el cerebro al ritmo de sonidos parecidos a los de Kraftwerk.

Ahora, abotonarme la camisa es un martirio. Por no hablar de los cordones. Por la noche duermo con una férula que le da a mi brazo un aire robótico frente al que mis hijos fruncen el gesto. Me siento bastante inútil para cosas que antes me parecían de una simpleza descomunal.

Pero qué carajo. Esto es una parida, pienso también. Y aunque la gente de Tusquets haga amagos para cortarme el filete, y aunque me sonroje y tenga que pedir a todos en la mesa, medio en serio medio en broma, que por favor no se apiaden de mí, y aunque cuando firmo libros parece más bien que estoy haciendo contorsiones, el otro día volví a levantarme de madrugada para escribir. Tomé la pluma y empecé a garabatear por el mismo sitio donde había dejado mi novela comenzada hace cuatro meses. Quería probarme, saber si realmente seguía vivo: y sí, con peor letra (todavía), con más dificultades y una pose casi monstruosa, pero todavía seguía vivo, porque para mí la escritura es tanto como respirar.

Así que vuelvo aquí para reencontrarme con el blog, para seguir contando cosas, para deciros que esto no se acaba, que me quedan historias y palabras para rato.

Me alegro de que estéis ahí.

fotoferialibromadrid

Foto: Miguel Sanfeliu

One comment

  1. David Baizán

    Ánimo, Daniel, la vida es una mierda, pero han tenido que pasar demasiadas cosas (como 13.700 millones de años de cosas) para que estemos aquí. Y ya que estamos, no tratar de aprovecharla sería una pena.

    Siento mucho lo del Parsonage-Turner, pero no dudes que eres mucho más que una mano. Como tú mismo has dicho: “qué carajo”.

    Mucha suerte.

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