Domestiquemos el paladar

aguas_residualesAdemás de muchas cosas buenas, la cañería de Internet ha arrastrado también mucha porquería. La barra libre es lo que tiene: puedes ponerte muy puesto, pero al día siguiente la cabeza y el vientre se resienten a base de bien. De acuerdo, no faltó la bebida, pero cuando es demasiado tarde te das cuenta de que te la estaban metiendo doblada con el garrafón.

Hay mucho contenido garrafón en Internet. Primero perdimos el rigor y después la vergüenza. Lo que no perdemos, parece, es la cara dura. Como todo puede arreglarse a fuerza de hipervínculo, y como dejamos las notas al pie abandonadas en el camino (eso es para esas cosas tan raras que se llaman libros), ahora uno puede ponerse a escribir de lo que le salga en gana, y sentirse filósofo incluso, sin atisbo de rigor ni de rubor. Más: y ponerse a dar ponencias, a sentar doctrinas, a convertirse en un gurú de la cosa del coaching y a pasear palmito por las más reputadas escuelas de negocios como una estrella de rock en formato de corbata y power point. Para ello ayudan, y mucho, las imágenes. Una buena infografía posiciona, ¿no? Y también nos devuelve al lenguaje primario, el de los iconos, muy adecuado para llegar al público iletrado, ese que el último libro que ojeó fue uno de Petete, ese que se maneja tan bien por Internet, ese que siente una irrefrenable querencia por el retuit.

En esto de los dibujos, de la representación sencilla de ideas, de lo icónico, hay mucho listo que se está pasando de listo. Vender dibujos está bien, pero venderlos como si contuvieran la fórmula de la coca-cola, eso ya es indecente. Y conste que algunos tienen un efecto deslumbrante, con su tropel de ideas sugerentes presentadas bajo el envoltorio de lo científico. Cuando en realidad tan sólo esconden caramelos con sabor a sofisma. Gracias a la inflamable capacidad viral del discurso, gracias a ese deslumbramiento, ‘enseñanzas’ como las de Simon Sinek y su ‘Círculo de Oro’ circulan con una violencia salvaje por la Red, llamando a las puertas de los portátiles y los smartphones de los directivos de las grandes empresas, que asimilan el discurso como si hubiera sido confeccionado para ellos.

 

 

Suelo desconfiar de este tipo de lenguaje con tendencia al esquema, a la formulación simplificada. Porque todo lo sencillo supone una pérdida de matices y comporta el riesgo de la generalización. Como producto de marketing, sí, es imbatible, pero como elemento generador de ideas y favorecedor de conocimiento es sencillamente embrutecedor.

La ‘comunicación jibarizada’ de la que habla Pascual Serrano nos conduce inevitablemente a la simplificación. Está en nosotros saber mantener cierto espíritu crítico: el hombre de los caramelos puede estar regalándote mierda envuelta en azúcar. Por eso, aunque hablemos de Internet, donde todo es rápido, frívolo y gratuito, no debemos bajar la guardia. Hay que aprender a domesticar el paladar.

 

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