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SANGRES DE PERRO EN EL LADO OSCURO. UNA METÁFORA SOCIAL

(Sobre Perrera)

Fernando Royuela, escritor

39_fernando-royuela1A veces la literatura puede convertirse en un lugar molesto, poco complaciente con la realidad. Suele suceder cuando el artista ostenta una visión del mundo sin tapujos, permeable a las lacras que va dejando la desigualdad social. El texto adquiere entonces sus matices más desoladores. La narración en la que se sustentan estas obras  precisa de valentía, de exactitud y de expresividad. El mundo en el que vivimos no es un lecho de rosas y, pese a las mentiras que levantamos cada día para que la miseria no nos aniquile la esperanza, la lucha por la vida sigue siendo el tema principal. No es grato abundar en el desastre para testimoniarlo con palabras, pero nos guste o no nos guste desenmascarar la hipocresía ha sido una de las funciones tradicionales de la literatura. Desnudar la realidad, desvestirla de sus adornos suntuosos, dejarla en carne viva, no es tarea sin embargo que todo escritor esté en condiciones de abordar. Hace falta una mirada crítica, un pensamiento libre y una vocación decidida por la verdad descarnada. A menudo cuando miramos a nuestro entorno nos fijamos exclusivamente en lo bello o en lo amable. Desdeñamos el horror para no reconocernos en él. Es más agradable mirar el lujo del escaparate que al pobre que mendiga bajo el alero, a nuestros pies. Nos olvidamos de que la vida es lucha y opresión, injusticia y abuso, tensión y podredumbre.  Sin pensar se vive tranquilo. Los ojos cerrados son garantía segura para la serenidad de nuestras conciencias. Pero la literatura tiene una función testimonial ineludible que algunos desearían obviar.

En toda novela debe haber a mi juicio tres ingredientes fundamentales: visión del mundo, narración y estilo. Es en la adecuada combinación de ellos donde se cifra el secreto de la obra bien hecha. No hay reglas fijas, ni recetas magistrales, sólo la intuición del autor y el riesgo que está dispuesto tomar. Esos tres ingredientes, mezclados con destreza por Daniel Ruiz, han fructificado en una obra de una calidad poco usual. La honestidad y la hondura de Perrera sorprenden desde sus primeras páginas. El lector cae enseguida fascinado. Perrera es una novela de alto riesgo cuya característica más evidente es la visión del mundo que contiene. No se trata una novela amable pues ya de entrada el tema que aborda, la supervivencia cotidiana en un barrio humilde, plantea de por sí reticencias evidentes, pero aun así su fuerza expresiva es de tal calibre que el lector cae subyugado de inmediato ante el poderío de la narración.

Unos jóvenes de instituto deambulan por las calles en contacto con una realidad desapacible fundamentada en la carencia, en la falta de medios y en la desidia social. Un perro muerto, el perro de Marcelo, es el detonante de la historia. A partir de ahí asistiremos a una serie concatenada de acontecimientos de los que el autor se vale para ofrecernos una visión desoladora del entorno social por el que se mueven sus personajes. Adolescentes con familias desestructuradas, cortadas por patrones de violencia e incultura, que hacen de la calle su lugar de encuentro, su reino imaginario, más allá de la ley y de la organización social. Botellones, descampados, porros a mansalva, borracheras, palizas, violencia variopinta que va definiendo día a día su falta de expectativas y la imposibilidad de escapar de ese maelstrón en el que se encuentran atrapados. Aquí no vale el paradigma de que cualquier persona puede conseguir lo que se proponga tan sólo con su esfuerzo personal. Son seres condenados de antemano para los que no existe ninguna oportunidad. Su destino les pesa y nada pueden hacer para evitar el hundimiento. Sólo les queda respirar hondo y afrontar la vida con esa dignidad vacía e inútil de la que se enorgullece el resignado.

Perrera es una novela poderosa en la que no hay lugar para la compasión. Todos somos responsables del mundo en que vivimos, pero nada podemos hacer para cambiarlo. Áspera realidad y sin embargo cierta. Hasta el personaje más desvalido de todos, Mudarra, el mariquita, se lanza en cuanto puede a propiciar el mal. Daniel Ruiz no se inventa un paisaje válido de la imaginación sino que ficciona territorios reales, reconocibles en las esquinas de nuestras ciudades. Sabe de lo que habla y por eso lo sustancia con maestría evidente. No se anda por las ramas. La historia que construye es certera y eficaz. Un perro muerto, un insulto a la memoria de un héroe de barrio, una venganza en marcha y todo se precipita hacia el final. Amor imposible, pulsión sexual, rebelión inútil, frustración vital. Perrera es una verdadera tragedia griega en la que el Fatum es el personaje principal, el que mueve los hilos en la sombra y gobierna el discurso narrativo de principio a fin. La simplicidad es a menudo la máxima expresión de lo perfecto. Perrera es buena prueba de ello. La narración que aborda no alcanza su máximo interés en la sofisticación de la trama sino en la pureza de las formas, en su linealidad. Nos deslizamos entre sus páginas como si por una pendiente se tratara. Descendemos cada vez más deprisa, con avidez. Es inevitable precipitarnos contra el final. Narración y visión del mundo van parejas en admirable conjunción, pero sin el estilo no son nada. La voz propia de Daniel Ruiz se alza poderosa desde el principio. Es reconocible, está presente, se hace escuchar. Perrera está provista de un lenguaje empeñado en la expresividad. No podía ser de otra manera para lograr el fin buscado, la voluntad del autor de evidenciar ese universo de frontera que ha decidido retratar. Perrera es una novela muy potente, pero también una metáfora social con la que el autor advierte sin denunciar y acusa sin nombrar. Pura literatura en cualquier caso, de esa que se pone en vena y da que pensar.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAManuel Moya, escritor y poeta

(Sobre Moro)

Daniel Ruiz, digámoslo de inicio, es uno de esos novelistas que se ha ganado a pulso un puesto de preeminencia dentro de la nueva narrativa española. Novelas como Chatarra, Perrera, La canción donde ella vive o más recientemente La mano, dan fe de un autor premioso, comprometido, valiente y, por qué no decirlo, un poco tocapelotas, que se ha impuesto aplicar el radiógrafo a los conflictos humanos y colectivos derivados de una sociedad que más allá de su novelería publicitaria y su ingeniería política y económica, parece haber perdido el Norte. Lo suyo, por resumirlo mucho, es mostrarnos la sordidez del Paraíso, el cartón piedra que se esconde tras la magnificencia de estas fachadas, de ahí ese epíteto tan poco elegante de tocapelotas que antes le atribuí. Chatarra, su primera novela, nos conducía a un territorio inquietante y núbil en apariencia que sin embargo estallaba como un forúnculo podrido ante la desaparición de una chica. De pronto, sin previo aviso, el Paraíso se llenaba de excrecencias. Perrera, su siguiente incursión, indagaba en aspectos que están presentes en Moro, al presentarnos un microcosmos urbano, donde la inocencia salta por los aires ante las primeras acometidas de la realidad, en lo que podríamos entender como una simbólica expulsión del Edén. En La canción donde ella vive, su tercera novela, el punto de vista e incluso la dicción varía, y si el fraseo de sus anteriores entregas se escoraba hacia un cierto realismo expresivo, aquí prevalece el lirismo, la visión generacional a través de esos iconos musicales sobre los que toda una generación construyó su propio Paraíso. En su ya penúltima entrega, La mano, Daniel nos enfrenta a una inquietante y casi onírica fábula kafkiana, la de un hombre perdido, extraviado en un mundo crispado y sombrío, que encuentra una mano envuelta en un papel de periódico y se aferra a ella como si a través de ella, de su compañía, de su posesión, pudiera buscar la salida, la salvación.

Nos hallamos, por tanto, ante una obra a la que sin duda ya hemos de atribuir un sello personal, que se ha alejado de los senderos trillados y jaleados de nuestra última narrativa, para adentrarse en territorios complejos y acaso sombríos, de compromiso personal no sólo ante la sociedad sino ante la propia escritura. Y es que más allá de sus obsesiones, más allá de ese testimonio temporal que flota en todas sus obras, lo que prepondera en Daniel Ruiz es su gusto exquisito por la literatura de verdad, por la palabra, por el fraseo. En su obra, compromiso moral y formal se dan la mano, sin que ninguno de ellos colapse o interrumpa esa unidad, que es lo que a mi modo de ver, confiere a la obra de Daniel Ruiz, un lugar destacado entre los novelistas de su generación.

Siendo sincero, no creo que el lector de Moro necesite de más presentaciones ni circunloquios que la que su propio autor deja en las primeras páginas de este libro, que siguiendo la contraportada, bien podría entenderse “como una obra de aventuras, si no fuera porque relata comportamientos y hechos que se están produciendo en nuestra vida cotidiana y que no resultan nada complacientes”. En esas tres páginas a que aludo, su autor habla de la génesis de la obra, de la premiosa documentación que necesitó para ir dándole forma, de la inequívoca estrategia notarial con la que se enfrentó a este proyecto narrativo que dejaba poco margen para la lírica, y en algún momento nos advierte que le salió una novela más bien indigesta y poco apacible. En realidad todas las anteriores novelas de Daniel son poco apacibles y casi nada complacientes, y en eso, en su desapacibilidad, radica acaso el interés de este autor que lejos de asentarse en un cómodo conformismo, hurga en las zonas más oscuras de la conciencia y de la sociedad contemporánea, creando discursos inquietantes y desabridos no aptos para un lector que no esté dispuesto a pasarse unas horas a la intemperie de su propia conciencia.

Moro, el libro que hoy se presenta, es, cómo no, un libro desapacible y no tanto porque nos muestre la miseria que se desprende de la travesía del Estrecho y todo ese otro inframundo de estrecheces materiales y morales a las que su protagonista ha de enfrentarse, cuanto porque a lo largo de estas páginas, la sordidez del alma humana, la incapacidad de rebelión y la asunción de la ruindad, resplandecen de tal forma que uno no tiene otro remedio que tragar saliva y sentir que tiene su culo sobre una enorme y complaciente bosta. Hassan, el protagonista de esta aventura, un pobre chico tangerí que durante largas tardes de verano ha debido frecuentar el promontorio de las tumbas fenicias, desde donde ha visto azulear las magras montañas europeas, decide jugárselo todo en esa ruleta rusa en la que hemos convertido el Estrecho, con la esperanza de abrazar lo que en su imaginario y en el de tantos otros hijos del Sur no tiene otro nombre que Paraíso. Pero los peldaños que este moro asciende, dándole dentelladas al aire, no son exactamente peldaños que desde las tortuosas calles de la kashba conduzcan al cielo o al Edén soñado. No, la escalera que él toma, no es sino una escalera al Infierno, en su más cruda exactitud simbólica. Por el camino, todo un rimero de pequeñas e insolentes miserias, de malentendidos interesados, de prejuicios innombrables, de rostros devorados por la iniquidad, de hombres piadosos, de mujeres extraviadas en el lodazal que sólo aspiran ya a unas migajas de ternura, de depredadores al acecho, de explotadores y neotratantes de esclavos, de rostros tostados al sol hiriente de los invernaderos, de sicarios, de lobos, de chiringuitos varados en las dunas, de perros que ladran a los desconocidos, de luces que atraviesan como puñales la negrura, de gentes que desaparecen en el mar, de billetes manoseados, de puños que corren parejos a la degradación.

Porque el Paraíso sobre el que Hassan asienta sus manos, que no sus palabras, está construido sobre las incandescentes llamas del infierno. Las luces que este morito y tantos otros moritos debieron atisbar desde el bastión de las tumbas fenicias del Marshan, junto al imponente palacio alahuita, no procedían de ese Cielo glamouroso y divino extraído de esos anuncios donde las chicas más hermosas corren dulce y escotadamente alocadas por la playa para besarse con su exultante chicarrón junto al embarcadero. No, esas luces que tanto encandilaban a aquellos pobres moritos, que tamborileaban en sus mentes, que les guiñaban los ojos, tal vez procediesen de esos garitos últimos donde un puñado de chicas se arrodillan ante patéticos desconocidos bajo el intermitente imperio del miedo y del neón.

Una novela, pues, que nos conduce por ese otro Camino de Santiago que corre vertical y purulentamente, desde el Sur hacia el Norte, como una hedionda cicatriz que no dejara de gotear sangre y lodo sobre la moqueta europea. Sí, lleva razón su autor, Moro no es exactamente una novela apacible. Después de leerla hay que poner rumbo al frigorífico, llenar el cubilete de hielo y, con él en la mano, dirigirse al espejo para aplicar el frío en el lugar exacto donde hemos recibido los golpes.

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leanteLuis Leante, escritor

(Sobre La mano)

¿Qué haría usted si un día saliera a hacer deporte y en mitad de un trote suave se tropezara con una mano abandonada en un descampado? Sí, una mano con sus cinco deditos, sus uñas cuidadas; una mano de mujer, concretamente. Respóndase a sí mismo: a) llamar a la policía, b) fingir que no ha visto lo que ha visto y seguir su carrera, c) echársela al bolsillo del chándal y cargar con ella hasta casa.

Si la respuesta es «c», tal vez usted se apellide Montero, tenga un hijo que se llame Marquitos y haga mucho tiempo que no copula con su mujer; ni con su mujer, ni con ninguna otra mujer. Si ha elegido la «c», es muy probable que usted finja llamarse Alejandro, que trabaje como comercial en una multinacional distribuidora de electrodomésticos; es muy posible, si realmente ha elegido esa respuesta, que esté hasta el gorro de su jefe, de su trabajo, de su vida y hasta de sí mismo.

Usted convendrá conmigo en que tropezarse, al salir de un puente, con la mano incorrupta de una mujer asesinada, o asesinadita —que diría Miguel Mihura—, no es un acontecimiento baladí. Eso es precisamente lo que le ocurre un buen día a Montero —nuestro alter ego, si hemos elegido la tercera respuesta—. Montero podría ser Daniel Ruiz García, o podría ser yo mismo, o podría no existir. Eso es lo de menos. Lo que importa es comprender que un descubrimiento como el que plantea esta historia puede cambiarle la vida a cualquiera; puede conducirnos a la locura, al precipicio, al infierno.

La mano es una novela con un pie en la realidad y otro en lo absurdo que a veces resulta la realidad. Heredera del surrealismo, del Ionesco en estado puro, la novela de Daniel Ruiz García nos conduce por las sombras del ser humano, por lo natural y lo sobrenatural, por lo cotidiano y lo extraordinario. Con imágenes de una fuerza visual que conmueve, la historia de este tipo que podría ser cualquier tipo comienza como una novela y termina como un guión de cine. El lenguaje se transforma; la mirada de narrador se va convirtiendo en la mirada del objetivo de una cámara. Posiblemente este sea uno de los aciertos de La mano, por no mencionar su originalidad.

Con un lenguaje dinámico y ritmo cinematográfico, el autor nos convierte en la sombra de este hombre que tiene la fatalidad de encontrar un miembro amputado y elegir la opción «c». Un tipo que termina hablándole a la mano, que se obsesiona con su dueña, que quiere saber de ella, sin pararse a pensar que la mayoría de los mortales habrían elegido la opción «a», y el resto la «b».

Además del logro del protagonista, la historia también consigue momentos brillantes con personajes secundarios muy bien plantados en el relato, como el periodista Gabriel Ansorena, plumilla mediocre y cuarentón. O como Baltanás, compañero de trabajo; ingrato trabajo, debería decir; ingrato compañero, debería añadir. El descubrimiento de la mano es la gota que colma el vaso de un hombre desbordado por la presión profesional, por la presión familiar; este hombre que llega a culpar al infeliz Marquitos de todas las desgracias que le ocurren.

La Mano es un extraordinario broche para esta V Edición del Premio de Novela Corta Villa de Oria. Los premios, como los vinos, van ganando con los años. En este caso, deberíamos añadir que adquieren solera también con la calidad de los premiados. Y Daniel García Ruiz es una prueba de que así es.

 

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davideloyDavid Eloy Rodríguez. Poeta

(Sobre Perrera)

El escritor norteamericano Raymond Chandler es una especie de santo patrón de los escritores, o, si lo prefieren, de los escritores de una determinada manera de entender la literatura, la escritura, el oficio. Sería un representante (habría otros, muchos otros; la literatura tiene un santoral amplio, fecundo, reverberante) de un modelo mítico en el que la dedicación a las letras tendría un código de valores, un propio sentido de la honestidad, de la responsabilidad de la tarea.

El trabajo de escritor se entendería así como un trabajo entregadísimo (sacrificado, casi: la literatura se suda y se sangra), un trabajo arriesgado, ejercido a contracorriente, ambicioso en la exigencia estética (como si se dijera: si vamos a hacerlo, vamos a hacerlo lo mejor posible, aunque haya que ir más allá de las fuerzas o de las posibilidades; es preciso entonces que cada autor que quiera apostar en serio en este juego procure ir al máximo en su apuesta para cumplir en ella con plenitud, con la máxima justicia, tensión y eficacia, pues se escribe, si se escribe de veras, para ahora, pero también para el tiempo, para los ahoras que vendrán cuando hayamos muerto).  El trabajo de escritor se comprendería pues como un oficio que requiere una cierta sabiduría extra: haber vivido, haber visto y querer contarlo. Una tarea que requiere concentración y energía, que sucede en circunstancias desalentadoras y difíciles. Una disciplina que busca una comunicación con los conciudadanos intensa, conmovedora, provocadora a veces, pues trata de hacernos ver qué somos, quiénes somos, cómo es el mundo en el que vivimos y que construimos cada día estando juntos, cómo no es lo mismo elegir ser parte del mal que víctima del mismo, cómo merece la pena participar en la construcción de un mundo menos violento y doloroso.

Siempre me han fascinado estas palabras suyas, de Raymond Chandler:

 No escribo por prestigio ni por dinero, escribo por amor. Amor a un mundo en el que la gente pueda pensar en sutilezas, y expresarse en lenguajes de culturas casi olvidadas; amo este mundo y estoy dispuesto a sacrificar gran parte de mi sueño y de mi reposo, y buena parte de mi dinero, por entrar de vez en cuando graciosamente en él.

También decía don Raymond Chandler que para sacar adelante este oficio de poner por escrito mundos hacían falta agallas y talento. Lo ideal sería tener ambas cualidades, nos dice, pero uno puede ir tirando sólo con una de ellas: o con agallas, o con talento. Pero nada tenemos que hacer por estos pagos sin una de estas dos bendiciones: o las agallas o el talento.

Don Daniel Ruiz tiene, muy obviamente para los que le conocemos, descomunales cantidades de agallas y de talento.

Para mí, su presencia, su calidad humana y su escritura han sido siempre muy inspiradoras. Para los que le disfrutamos en los, no tan lejanos, años universitarios, Dani era un ejemplo de “escritor total-modelo Chandler” para las compañeras y los compañeros que caminábamos, que derivábamos, entonces juntos por las calles de la vida. En años decisivos como aquéllos (bueno, cuáles no los son) para todos nosotros, para los de mi desorientada generación (bueno, cuál generación no lo está), era bueno tener cerca a gente tan estimulante como Dani. Nos reunieron en esos años (desde luego en las aulas nos encontramos poquísimo) proyectos literarios muy divertidos y de los que guardo (seguro que tú también, Daniel) dulcísimo recuerdo. Los nombres de aquellas propuestas que pergeñamos, surgidas de una propicia mezcla de amistad, ganas de celebrar y profundo y respetuoso amor a la literatura, ese oficio responsable y exigente (no olvidemos el “modelo Chandler”), hablan, creo, muy elocuentemente: primer homenaje a Charles Bukowski (con lecturas, proyecciones, charlas, una modesta publicación), homenaje a J. L. Borges, homenaje a Neruda, la revista Canalla (que en su primer, y por supuesto único, número estaba dedicado monográficamente al amor canalla), o la revista Bastardo, prima macarra de Canalla.

Dani vio pronto recompensada su pasión por la literatura con varios reconocimientos, primero con varios premios aquí y allá, y luego, a raíz de uno de ellos, con la publicación de su primera novela, aquella excelente Chatarra, obra tan sorprendente como audaz, y que dicho sea a raíz de una segunda lectura con motivo de la reciente reedición en Calambur, se mantiene fresquísima, en plena forma, sin acusar ni un ápice el paso de los años, del tiempo, ese que arruga en tres meses tanta novela escrita al paso, sin vida ni peso, sin fuerza ni sangre, por escritores que nunca creyeron en el “modelo Chandler”.

Ahora, diez años después de la primera edición de Chatarra, nos llega la segunda obra (pronto podremos leer la tercera, por cierto) de este autor sevillano: Perrera, editado por la editorial gaditana Dum Spiro ediciones, con diseño de cubierta del Sr Piruleta y esclarecedor prólogo de Fernando Royuela, otro escritor que probablemente no se siente nada lejos de este enfoque de amar y vivir la literatura que vengo llamando, para entendernos este rato, el “modelo Chandler”.

¿De qué nos habla Perrera? De que todos somos perros encerrados ladrándole a la luna. Perros encerrados que sueñan con volar. Perros encerrados que intentan vuelos.

Y, claro, Daniel nos lo cuenta con una escritura vivísima, como venimos diciendo que le cuadra cabalmente. Daniel escribe con pulso, con convencimiento. Apuesta de veras, arriesga. Si del todo vivir, decir del todo, que decía el poeta Jorge Guillén.

Sí, este juego va de veras.

¿La apuesta? Levantar un mundo, crear un mundo, y en él criaturas que respiran con brusca naturalidad y se parecen demasiado a todos nosotros. Un mundo, claro, como la vida misma: con horror y con milagros, con pasiones y con miserias, con esclavitudes y con épicas… Un mundo por el que deambulan seres condenados por una ley ciega. Un mundo entretejido por misterios y soledades, por una realidad fulminante, aplastadora,  y por los delirios que brotan para resistirse a aceptar que eso sea todo lo que hay. Un mundo cuerdo, un mundo loco, un mundo terrible y violento, un mundo tierno, un mundo fascinante y odioso… Un mundo, pues, como decíamos antes, como la vida misma.

Este libro es hermoso. Duele, claro. “La belleza es el comienzo de lo terrible”, que nos escribió Rilke, chandleriano antes de que existiera Chandler y especialista en bellezas, en visiones, en ángeles. Lo ha dicho Platón, lo ha dicho Nietzsche, lo ha dicho Ezra Pound: “La belleza es difícil”.

Este libro es hermoso, está escrito en una prosa eléctrica, rítmica, punzante, para contarnos lo que preferiríamos no saber, y por eso duele.

¡¡¡Ah, y qué música la de este libro!!!! ¡¡¡Qué bien suena este libro!!!! El lector se monta en el tren rítmico que nos dispone, hospitalario, el autor, y fluye con tanta naturalidad como apasionamiento, devorando la novela, de situación en situación, de diálogo en diálogo, hasta la derrota siempre, hasta la derrota final, la derrota de todas las derrotas.

Como pasaba en Chatarra, el lector admira desde la primera página el talento formal del autor, su valentía estilística, su técnica, a la par barroca (es decir: llamando la atención sobre la propia forma, sobre su textura, olor, sabor) y eficaz. Haciendo un símil futbolístico, para los amantes de ese arte, podríamos recordar aquí a la llamada “escuela sevillana de futbolistas”, un presumible estilo sevillano de ser jugador, capaz de reunir en su seno a talantes dispares como los Spencer, Montero, Antoñito o Jesús Navas, y cuyas características nos recuerdan a la prosa de Daniel Ruiz por su desparpajo estético, a veces barroco, pero llamativamente eficaz, su fino descaro, su picardía y su talento. Debe de ser que es cosa de la tierra, de estas tierras, esa manera de ser tan fina como vehemente, tan excesiva. No sólo en Caribe, al parecer, se vive como se escribe.

La literatura es también música, la música de las palabras. Lo sabemos todos, pero a veces se nos olvida. Lo es la poesía, más visiblemente, pero la narrativa, la prosa, (y eso, por desgracia para los lectores del mundo, no todos los autores parecen percibirlo) también tiene su música. Y eso lo sabe Daniel Ruiz, y por eso le pone a sus textos una melodía propia, la suya, reconocible, que conduce y modula con vigor y mano diestra de principio a fin de la sinfonía. No es fácil. Esto no es nada fácil de hacer. Quien lo intentó lo sabe.

A Daniel le importa mucho la música de las palabras, y eso el lector lo agradece enormemente. Nos acordamos entonces de Carpentier, de Celine, de Cortázar, de Borges. De Ferlosio, de Hemingway, de Faulkner, de Joyce, de Bekett, de Benet, de Martín Santos, de Bolaño, de Clarice Lispector, de Virginia Woolf, de tantos y tantas. Nos acordamos del enorme, reverencial, respeto al lenguaje, y su sonido, de los grandes, y las grandes. Y nos alegra que un escritor se tome en serio su oficio, como debe ser.

Nos alegra que un escritor, recordemos de nuevo a Chandler: comparta su Amor a un mundo en el que la gente pueda pensar en sutilezas, y expresarse en lenguajes de culturas casi olvidadas.

Aquí tenemos el mundo de estos chicos, al borde de la extinción en un mundo que se derrumba, que es también nuestro mundo pero que a veces nos pareciera El mundo perdido de Conan Doyle, de tan salvaje y lejano. Aquí, en Perrera,  podemos disfrutar la manera en la que cuentan estos chicos su mundo, Daniel nos la ofrece de una forma tan fiel como re-creadora (y esa es la tarea del escritor, no sólo ser fiel sino también re-crear; acordémonos, ha sido contado muchas veces, de Rafael Sánchez Ferlosio y su impresionante novela El Jarama: donde mucha gente esperaba, creía, por la prodigiosa recreación que había del lenguaje coloquial en El Jarama, que había un magnetofón que había registrado conversaciones, el autor afirmaba que se trataba de una cuestión tan de oído como de imaginación).

Daniel pone su oído y su imaginación al servicio del lector, para traerle lenguajes de culturas casi olvidadas, el lenguaje de aquellos que, como decía Bourdieu, por su condición de excluidos, sólo tienen dos opciones: O callar, o ser hablados.

En Perrera , pues, el lector disfruta los frutos de la honestísima tarea de Daniel de darle vida a esos mundos de las gentes del lumpenproletariado castigado por una estructura que les considera residuo o carne de cañón; ¡ah!, y qué enorme respeto a la inteligencia de esos chicos, a la vida propia de Lucio, Cucho, El Panceta y los demás personajes de este universo calcinado y excitante: gentes encerradas, atadas a una noria absurda y letal, pero, por supuesto, con su sentido de la dignidad, con su alta concepción de la vida, con sus deseos a flor de piel, gente dispuesta a celebrar el poder respirar aún.

Sí, sin duda el lector celebra que un escritor ame este mundo y esté dispuesto a sacrificar gran parte de su sueño y de su reposo, y buena parte de su dinero, por entrar de vez en cuando graciosamente en él. Nos alegra que un escritor nos comparta el fruto de sus agallas y su talento, aunque, citando a Leonard Cohen, el escritor, por el camino, parezca  a veces un imbécil en la tarea. Miradlos, los pobres,  pobres escritores, buscando un adjetivo por el suelo de la casa, a cuatro patas, a las tres de la mañana, como si eso sirviera a alguien para algo (¿pero acaso no?).

(¿Pero acaso no?).

Hay mucha poesía, de muchas maneras, en esta Perrera. La hay en la trama, repleta de conmovedoras lealtades, de férreas leyes no escritas, de deseos más grandes que la vida, de aceptaciones y relámpagos de revelación; una trama, como dice Fernando Royuela en el prólogo, no sofisticada, y qué importa (las buenas historias son historias viejas y simples como el mundo), sino depurada, firme, desbocada mientras se aboca a su final; la hay, hay poesía y de la buena, en las imágenes del libro, en sus metáforas (dos ejemplos: este: lleva el cielo de la boca abarrotado de alacranes, o las palabras se le derraman de la boca con dificultad, como una canica a la que le costara deslizarse por una superficie abrupta), imágenes que son tan febriles como acertadas: la rotundidad o lo alucinatorio no riñen con la precisión y la deslumbrante eficacia comunicativa. Quedará, por ejemplo, en mis entrañas por mucho tiempo, uno lo sabe, esa imagen del fantasma de un perro intentando ladrar, deseando estar vivo, volver a la vida. Un poema debe estar inmóvil en el tiempo mientras la luna asciende, escribe el poeta norteamericano Archibald McLeish. Se pudrirá el universo que conocemos, todo lo que conocemos, pero seguro que las buenas imágenes, las imágenes inolvidables que se fabrican con palabras, nos sobrevivirán, inmóviles, demostrando la posibilidad de la vida, demostrando que ellas sí, ellas saben los trucos para engañar a la muerte, para esquivarla, para reírse en sus fauces.

Les invito a la lectura de esta novela, a esa aventura, de esta tragedia tan “contemporánea” como “de siempre”. Les va a gustar. Les va a impactar. Van a descubrir un mundo que tiembla, un mundo lleno de verdad y orgullo, de miedo y de golpes. Un barrio triste lleno de gentes atrapadas que, como decía en unos versos inolvidables Jaime Sabines: “Sólo desea, desea, desea, / va detrás de los sueños / igual que un perro ciego ladrándole a los ruidos.”

Van ustedes a perderse, y a encontrarse, por un arrabal  donde el sol sonríe como aquí, y la luna a veces es llena, y a veces es hiena, como aquí. Van a disfrutar de literatura con fuste, con chispa, con gracia, con estilo. Literatura consciente que no se escribe porque sí, por masajear el ego y hacer crecer la egoteca, sino porque se ha apostado a sudar la camiseta, a hacerlo con elegancia, a no hacer como si cualquier cosa.

Buena literatura, en suma.

Este juego va en serio.

Como diría Chandler: las agallas, el talento