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Historias para rato

Han sido semanas de mucha agitación con la presentación y la promoción de mi nueva criatura. Qué puedo decir, estoy contento, por la respuesta de los lectores y por el hecho de que, por primera vez, una novela mía alcance mayor visibilidad que la de costumbre.

La gente de Tusquets, a la que he tenido oportunidad de conocer en estos días entre Barcelona y Madrid, me ha parecido estupenda. Editores, trabajadores de la editorial, autores… todos gente simpática y amable. He sentido muy de cerca el aliento de todos ellos, e incluso estaba un poco abrumado cuando hablaban tan bien de mi novela, como si fuera un hijo mío que se portó fabulosamente en mi ausencia. Incluso pretendían ayudarme a cortar el solomillo, cuando me veían tan torpe con el cuchillo por culpa de la puñetera mano. Contunuar leyendo

Días movidos para Krypton

Vienen unos días movidos para mi Krypton. Habrá que sacarlo a pasear un poco: es uno más de los muchos daños colaterales del proceso de escribir. Pero ya que estamos, habrá que darlo todo, ¿no?

El jueves, 7 de marzo, estaré en la Facultad de Comunicación de Sevilla, participando en una mesa redonda junto a los escritores Andrés Pérez Domínguez y Concha Perea, dentro de la II Jornada “Editores y Escritores Noveles” que organiza esta Facultad. La cita es a las 19:30 horas, en el Aula 3.2 de la Facultad de Comunicación.

El viernes, 8 de marzo, mis huesos se desplazan hasta el municipio de Rociana, en Huelva, para presentar en el Casino de Rociana Tan lejos de Krypton, en un acto organizado por la Sociedad Cultural Casino de Rociana. Será a las 20:30 horas.

Y el lunes, 11 de marzo, a las 19:00 horas, presento la novela en Huelva. De esta os dejo link y cartel. Contunuar leyendo

Adiós, cretino

Si me preguntan, particularmente diré que 2012 me ha parecido el año más desapacible, antipático y cruel de todos los vividos. No le quiero poner champán ni bombones: prefiero más bien ponerle vino peleón para coger una buena tranca y despedirlo como se despide a los indeseables: a empujones, a gritos, advirtiéndole que no se le ocurra volver por aquí. Dicho esto, felices fiestas a todos.

Antes de que se acabe el mundo

Chungo. El día 21, según la profecía maya, se acaba el mundo. Y encima tiene que ser un viernes. Pero tenemos la oportunidad de despedirnos a lo grande. Y morir con las botas puestas, como buen escritor, vendiendo aunque sea una docena de novelas.
Así que un día antes del fin del mundo, es decir, el jueves día 20, presento en Sevilla mi última novela, con la que gané el Premio Onuba. Se llama “Tan lejos de Krypton”, y pretende ser un canto intenso y personal a los años 80.
La portada ya es una declaración de intenciones: mi hermano y yo, en el soportal de nuestro piso de Nervión, posando con nuestras caretas imposibles y nuestras espadas. Una foto que ya era puro Instagram, cuando ni siquiera se concebía que pudiera existir Internet.
Si no tenéis nada mejor que hacer para despedir vuestro último día en la tierra (aunque a mí se me ocurren media docena de opciones mejores), ahí os dejo esta invitación. Será el jueves, día 20 de diciembre, a las 19:30 horas, en la Sala Helvetia de Sevilla (para entendernos, frente a la Torre del Oro).

Me pasa a veces, cuando despierto con resaca

Leo en el 20 minutos que la gente hace cola en Sol durante toda la noche para adquirir el iPhone 5. También lo cuentan en la radio. Más de 500 personas acampan en Sol para ser los primeros en adquirir un teléfono que cuesta más de 600 euros. 
Las tiendas de Nesspresso siempre están abarrotadas. La gente hace largas colas, a cualquier hora, para adquirir sus pastillitas. Hay una en pleno centro de Sevilla, en la misma Plaza Nueva. Tiene aspecto de boutique de lujo. Hay cómodos sillones, iluminación cálida, y vitrinas donde se exponen las cafeteras Nesspresso como si fueran relicarios. La gente guarda cola pacientemente, sintiéndose miembros egregios de un selecto club. Puedes hacerte un carné, y así exhibir tu condición de socio del club Nesspresso, donde el café tomado en casa te sale más o menos lo mismo que tomado en un bar de estación de autobús. Experiencia Nesspresso.
El programa La Voz, que emite desde hace dos semanas Telecinco, arrasa en la parrilla. “La Voz retumba aún más fuerte en su segunda gala con un espectacular 32% y 5,3 millones de espectadores”, dice un titular. La información destaca que son cuotas de pantalla insólitas en los últimos diez años. Es un programa donde la gente sale a cantar, y cuatro artistas se dan la vuelta o no y aplauden. Hay muchos abrazos, y los artistas dan grandes consejos a los aspirantes, que sueñan con ser estrellas como los que se sientan en los sillones.
Me llega de todos lados que hay que leer Cincuenta sombras de Grey. Es una novela erótica pensada para mujeres, sobre un tipo rico y cabrón que se dedica a putear a las mujeres y a hacerles perrerías. Sobre todo le gusta dar por culo a las mujeres, las azota, cosas así, y al parecer es el fenómeno editorial de este verano y lo que viene. Está provocando una subida importante de la libido en las parejas de largo recorrido, según he leído o escuchado por algún lado. 
Cincuenta sombras de Grey es la primera de una trilogía. Los nombres de las otras dos obras son Cincuenta sombras más oscuras y Cincuenta sombras liberadas. Ha vendido casi 20 millones de libros en el mundo y 5,3 millones en el Reino Unido, siendo la novela más vendida de todos los tiempos en este país 
Me suele ocurrir de vez en cuando, así, como hoy, cuando me despierto con resaca de cerveza y la información entra a borbotones, desordenada, confusa, en mi cabeza. Es como si nada de lo que me rodea fuera en realidad real. Como si no me hubiera dado cuenta hasta ahora de que el mundo ha sido definitivamente tomado por los zombis. 

Ha llovido bastante, pero me sigue pareciendo un muy buen trabajo. La culpa es un poco del guión y sobre todo del director, Rodrigo Rodero, que supo hacer una lectura de “Chatarra” a mi juicio muy bien enfocada. Siempre me sentí muy a gusto en ese territorio visual que él recreó de maravilla, porque en esencia era el mismo que el que habita en mi ópera prima. Por lo visto no es demasiado común, los escritores suelen encabronarse bastante con las adaptaciones cinematográficas de sus obras, pero desde luego no fue mi caso. Hay diferencias en algún aspecto de la trama, algún personaje redibujado, pero en líneas generales todo se mantuvo con bastante respeto al texto original y con un trabajo de síntesis muy bien pergeñado.

En todo este tiempo, muchos me habéis consultado sobre el corto, alentados

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Monarquía y sentido común

Pertenezco a la generación que nació y creció envuelto en la égida dorada de la monarquía parlamentaria como el mejor de los sistemas posibles, después de un pasado infame y miserable que nuestros padres evocaban con dientes apretados y cajas de fotos en blanco y negro. El Rey de mi infancia es un cuadro que preside el aula en la que estudio, siempre ahí, observando las lecciones de ortografía y matemáticas, bajo la pizarra verde y orlado por manchurrones de tiza y lápiz en la pared. También es el perfil romano en una moneda de diez duros, en cuyo reverso figuraba la flamante pelota de fútbol del Mundial del 82, y que significaba algo muy bueno: era la paga del domingo, la barra libre de chucherías después de la fastidiosa misa de las 11 para niños. El Rey nos vino impuesto, como muchas tantas otras cosas, sólo que la imposición siempre pareció justificada por logros que ya de pequeño me resultaban antiguos. Fundamentalmente dos: su papel esencial en la “Santa Transición”, como dijera Rafael Reig, y su firmeza en la contención del Golpe de Estado de Tejero. Del golpe de estado recuerdo más bien poco. Fue día libre en el cole, pero no pudimos salir a jugar a la calle. Nos quedamos todo el día en casa, con el sonido y las imágenes de fondo de conexiones incomprensibles en la tele que mis padres seguían con atención y sorpresa. Pero todo el mundo consensuó desde entonces que aquello fue importante, y por supuesto lo de la Transición, y así la imagen del Rey como jefe de Estado se afianzó allí arriba, sobre los pupitres de la escuela y sobre el imaginario colectivo de toda mi generación.

Cuando fuimos creciendo, la Familia Real se convirtió en otra cosa. O más bien los que cambiamos fuimos nosotros: mientras nuestras madres se deshacían en elogios ante el porte del príncipe Felipe en las fotos del Hola, nosotros preferíamos buscar las fotos de otras familias reales con más poso trágico, más malditas y atractivas. Estefanía de Mónaco cantaba, y aunque tenía un busto algo caballuno nos parecía enormemente sensual, con una extravagancia que anhelábamos porque al fin y al cabo nos amamantábamos de programas raros como El planeta imaginario o La Bola de Cristal, la versión para niños de la movida madrileña. Aquí la Familia Real era buena por comparación, y así siguió siendo siempre: mira qué bueno es el Rey, mira qué discreto, y en cambio compáralo con el Príncipe Carlos, con Carolina de Mónaco. Furcias, borrachos, derrochadores, una estirpe absolutamente degenerada, y en cambio aquí, el Príncipe, estudiando muy formal en EE.UU., y encima obteniendo trofeos en un deporte tan higiénico y luminoso como la vela.

Ahora todo eso parece haber cambiado. Y los que siempre sospechamos de cierta suerte de encubrimiento masivo, de confabulación generacional para evitar toda rebeldía hacia la casta regia, a lo que nos resignamos más bien por nuestra compasión y mal entendido respeto hacia los más mayores, nos damos de bruces con una incontestable evidencia. La Familia Real es una institución decadente, con síntomas evidentes de degeneración, que desarrolla una vida de espaldas al pueblo, disfrutando de privilegios sin ningún tipo de contraprestación palpable. Los discursos televisados del Rey ante la chimenea en las noches de Nochebuena, que los de mi generación siempre hemos seguido más bien con desconfianza, cuando no con distanciamiento irónico para sobrellevar sin sobresaltos las veladas de reencuentro familiar, se han tornado falsos, vacíos, como un escenario de cartón piedra de un Péplum antediluviano. Lo siento por mi suegra, que siempre fue una acérrima defensora del Rey, pero creo que el crédito ha llegado a su fin. Logros más o menos discutibles y contadísimos de hace 35 años no justifican tanto tiempo de sostenimiento de una institución que nos cuesta a todos mucho dinero, y a cambio de la que sólo recibimos en los últimos tiempos mala propaganda. No sé cómo narices piensa el Ejecutivo actual revitalizar internacionalmente la marca España teniendo como aliado a un jefe de Estado que por toda excusa ante tamaña desproporción moral y estética como la de los safaris escapistas –alguien debería regalarle al Rey Las raíces del cielo, de Romain Gary-, en medio de un panorama como el que estamos lidiando, blande una excusa más propia de un niño de teta. El vídeo de su disculpa, sin paliativos, como todo lo que ronda a su yerno el atleta-conseguidor, como los desfases del otro yerno dandi, como el episodio del disparo del nieto en el pie, resulta sonrojante Ya no se trata de ser republicano o monárquico, de considerarse más bien súbdito o ciudadano. Se trata de puro sentido común. Si el Rey lo ha perdido, no es necesario que lo perdamos todos nosotros.

¿Pero esto no iba de literatura?

Con esto de Internet se ha amplificado lo que en los tiempos analógicos era una verdad de salón. Ahora es una verdad a voces: los escritores son marcas. En el IBEX literario patrio, los valores fluctúan de forma espasmódica, a veces virulenta, y cuesta mucho mantener el valor de la marca. Las pequeñas empresas, o los escritores de medio pelo, han subido como la espuma en la bolsa nacional del mercado editorial merced a Facebook y Twitter, y a sus posibilidades, antes insospechadas, de ejercer la adulación, cuando no el vergonzoso lametazo, a través de la réplica y multidifusión de sus entradas de blogs. De igual modo, hay escritores encumbrados que muestran sus debilidades en el circo de las redes sociales, a veces bajan la guardia, y entonces empezamos a perderles el respeto, nos sonroja su vulgaridad, resulta que son seres tan primarios y elementales como cualquiera. La crítica seria es hoy el más absoluto de los cachondeos, y la crítica cachonda es elevada a la categoría de principio de autoridad indiscutible, disociada de las ventas pero capaz de acabar con la reputación y el prestigio de una carrera de años a través de un par de escupitajos online. Con Internet todo se democratiza, se resquebrajan las fronteras, y en este espacio los escritores deben arrojarse al abismo de defender su marca. A muchos este salto les pilla con el pie cambiado, y ahí siguen, invisibles, quizá carcomidos por la sospecha de estar perdiendo una oportunidad. Otros han saltado demasiado, y hacen el descenso emitiendo todo tipo de piruetas, gritando mucho, como si la inmersión fuera una actuación de circo. En medio de todo este pifostio, hay una incontestable evidencia: cada vez se lee menos, cada vez se compran menos libros, el mercado editorial arroja pérdidas. Hay que usar las redes sociales, cualquier elemento a nuestro alcance, no ya para defender la marca, sino sobre todo para gritarla mucho, para llenar cualquier espacio libre, aunque al final el logotipo resulte chirriante, machacón, cansino. Entonces, a lo mejor, uno empieza a pensar que Facebook, que Twitter, que las redes, no son adecuadas para una buena gestión de nuestra marca. Que quizá la gestión más decorosa de nuestra marca viva en el silencio, y en el único lugar en el que siempre debería permanecer: en la fábrica, allí donde se cocina el producto, delante de los folios en blanco, frente a la pantalla de ordenador.

The End

Ahora sí, por fin, la meta. La carrera de palabras más larga y extenuante de mi vida: dos años y medio de camino en solitario. Quise tomar atajos, pero era estúpido intentar engañarme a mí mismo. Aunque el camino era más largo, no había otro modo de llegar a la meta. Mi proyecto más personal, el más ambicioso, también el más arriesgado. Hoy tiene el punto final que merecía.
Y así me encuentro hoy: derrengado, vacío de palabras, feliz.

Miedo

De todos los regalos que me llegan a la empresa por Navidad, el que más aprecio es una caja de tres botellas de vino que manda un cliente al que prácticamente no conozco. Ni siquiera es un cliente, es alguien al que en otro tiempo le hice algunos trabajos. Alguien poderoso, con el que nunca llegué a cruzar palabra, al que realicé algunos trabajos bastante burocráticos y grises. Pero mi nombre debió quedar ahí, en las bases de datos del Departamento de Administración de su empresa, y la incompetencia profesional me ha permitido mantenerme en ella, agazapado entre las líneas de una tabla de Excell de clientes y proveedores que imagino inmensa, y recibir cada Navidad la correspondiente caja de vinos acompañada de un aséptico christmas firmado por el presidente de la empresa, el cliente a quien probablemente haya hecho el trabajo más gris, insulso y plano de toda mi vida.

No me importa la felicidad ni el éxito de ese cliente. Si dejara de existir ni siquiera creo que lo lamentara. Pero anoche brindé por él al llegar a casa. Anoche me emborraché con su vino. Este año la tabla de Excell con la que preparan las bases de datos de los regalos navideños ha debido desbarajustarse, porque en esta ocasión me ha llegado un rioja de mayor calidad, Reserva del 2006, también tres botellas.

Anoche, sí, me emborraché, y brindé por mi cliente desconocido, pero no estaba alegre. Sólo quería borrar de mi cabeza la soledad, la sensación de miedo, el sentimiento de habitar una piel extraña, un cuerpo que no debía estar allí, sino en el Hospital, junto a mi hijo.

Todavía recuerdo sus gritos por el dolor en el costado, la forma de levantarlo de la cama y sentir una masa pesada y blanda, pero sobre todo caliente. El viaje nocturno al Hospital, con el sonido del acordeón empotrado en su pecho resonando entre baches. El llanto sincero, tan distinto de ese otro que sólo persigue satisfacer los caprichos. Recuerdo su mirada de pavor al saber que la extracción de sangre era inminente, el modo en que observaba el tubo de plástico implantado con esparadrapo en su brazo, su insistencia en volver a casa, sólo quebrada por su fiebre de 40 y su cansancio. La sala de espera de pediatría en la madrugada, donde sólo estamos él y yo: él despatarrado, durmiendo a duras penas, frunciendo continuamente el rostro, devorado por un dolor que desconoce, que desconozco, al que necesito poner nombre; yo observando con atención sus gestos, resoplando e incluso dándome pellizcos para evitar los recreos de mi mente por conjeturas innombrables. A las 3 de la mañana lo pasan a observación, se quedará aquí toda la noche, pero estaremos juntos. La analítica no revela nada, pero la fiebre sigue siendo alta, y está el dolor en el costado. No duermo, permanezco a su lado, vigilando la fiebre, aferrado a su pequeña mano de dedos diminutos y perfectos, controlando su respiración agitada, como atravesada por clavos.

El día siguiente no es mejor. Siguen haciendo pruebas, pero no dan con la tecla. La segunda radiografía no revela nada, pero tampoco la ecografía del costado. La fiebre sigue arriba, roza otra vez el pico de los 40. Me siento indefenso, miro a Espe y compruebo que ella también lo está. Apenas pensamos en su hermana Alicia, a la que hemos dejado en casa de la abuela. Sólo queremos que se acabe el dolor, que termine la fiebre. Sólo queremos recuperar nuestra estructura de edificio capaz de dar un cobijo sólido a nuestro hijo. Sólo queremos dejar de parecer niños, tener respuestas, seguridad, que la voz no tiemble.

Vuelvo a casa por la noche. La casa está fría y sola, pero tengo demasiado sueño para pensar. Ceno algo rápido y me acuesto. La noche pasa volando, aunque antes de perder la conciencia todavía tengo ocasión de intercambiar con Espe media docena de mensajes de móvil. La fiebre sigue arriba, el dolor en el costado también.

Pero al día siguiente todo cambia. Es a media mañana, yo estoy en el trabajo. El nuevo médico dice que la radiografía no lo revela, pero que está convencido de que se trata de neumonía. Le hace un análisis de orina y allí aparece el neumococo. Bingo. A partir de ahí, antibióticos.

Salgo del trabajo, le llevo al Hospital un cómic de Spiderman contra el Duende Verde. Está irritable, cansado, dolorido: lleva tres días sin dormir bien. Me pide que le lea el cómic, pero al instante desiste. Tiene fatiga, apenas come. Sólo quiere ver Clan TV. Me da la mano, le digo tranquilo, tranquilo, el antibiótico ya va a empezar a hacer efecto, te va a doler menos. Pero tarda demasiado. Por eso la tarde es correosa, incómoda, trufada de llantos, resoplidos, cambios de postura, sofoco.

Los abuelos vienen, la tía Berta viene, intentan ayudar, transmitirle alivio. Pero el pobre está cansado, irritado, no quiere estar allí. Habla por el móvil con su hermana, con su primo, desea volver a la rutina, acabar con ese dolor y con los sueros intravenosos, que han dejado de tener gracia.

A media tarde, sin embargo, cuando se va el sol, se amodorra. La fiebre ha empezado a bajar, algo esperable a partir del tercer chute de antibióticos. Y desde las ocho se queda dormido. De vez en cuando se despierta quejándose, pero vuelve a dormir. Por fin descansa, y Espe y yo lo miramos con alivio. Respira bien, tiene diagnóstico y parece certero, se recuperará pronto.

Espe hará la segunda noche en el Hospital, me dice que tengo que trabajar al día siguiente y que si me quedo no aguantaré en la oficina. Yo me callo, pero lo pienso: pero es que no quiero volver. No quiero estar en casa sabiendo que él está aquí.

Porque la casa está fría. Porque hay demasiado silencio, y el pasillo tiene eco. El niño, en el Hospital, sigue durmiendo, así que Espe va a aprovechar para echar una cabezada sobre el sofá. En la cocina intento comer algo, y veo la caja de vinos de mi cliente desconocido. Saco una botella, decido emborracharme. Vuelvo al salón con la botella. En la tele todo es un festival de promoción navideña. Anuncios de juguetes, sonrisas de niños, adelanto de las galas especiales de Fin de Año con baño de champán y lentejuelas, declaraciones del nuevo ministro de Economía en las que habla de recesión sin hablar de recesión. Imágenes que se pasean por mis ojos como si estuvieran muy lejos, como se observan las luces de la ciudad nocturna desde una colina. Porque yo no estoy allí, porque en realidad estoy a los pies de la cama del Hospital, tocándole los pequeños y perfectos dedos a Pablo. Por eso bebo, me emborracho, e incluso brindo por mi cliente desconocido. No estoy contento, si acaso tranquilo, porque el dolor se acabará pronto. No bebo por felicidad, sólo necesito borrar de mi cuerpo este frío, la sensación de miedo, el sentimiento de habitar una piel que no debería estar acariciando este vino.