Categoría : Juntando Palabras

Rentré

banoEn estos días revivimos muchas cosas que ocurrieron hace justo un año. Por eso es un tiempo extraño. Vuelvo a retomar la rutina laboral y me recuerdo a mí mismo en estos mismos días de 2012, cuando recorrimos el abismo, con una sensación rara, en la que la presión del pecho y las ganas de llorar por todo han dado paso a una sensación de suave tristeza, de melancolía despojada de dramatismo pero constante, que barrunta lo que imaginábamos: que ya nunca seremos los mismos. Contunuar leyendo

La mejor magia del mundo

magia-trucosNo está. De repente, todo se suspende, es una sensación como de que nos faltara el suelo. Pero no es nada agradable, produce un vértigo horrible, supongo que parecido al que provoca caminar por una cuerda floja. Espe me llama, por encima del ruido de los altavoces, saturados de esta infernal música de verbena, la escucho bien.

 

-¿Y Pablo? ¿Está contigo? Contunuar leyendo

Purpurina

purpurinaTengo la peregrina teoría de que el coche de uno acaba asimilando elementos de la propia personalidad y carácter de quien lo conduce habitualmente. Como una extensión del propio cuerpo pero hecha de chasis y carrocería, el automóvil acaba proyectando de un modo extraño cierta imagen prolongada de uno mismo: si tiendes al desorden, tu coche será una pocilga; si tiendes a ser escrupuloso, sobre el salpicadero se podrá comer como si fuera un plato impoluto. Si eres coqueto, en el coche siempre olerá bien, y lo llevarás siempre muy limpio, como el ascensor de un hotel de cinco estrellas. Contunuar leyendo

Jugar con fuego

hogueraLos conté: eran más de cuarenta. En esos cuadernos manuscritos se resumía toda mi vida laboral en la empresa. Cuadernos plagados de anotaciones, tachaduras, dibujos casuales al hilo de entrevistas o de reuniones. Todo lo que me ha ocupado y preocupado en estos quince años como consultor de comunicación en activo, en los que he tenido tiempo de hacer casi de todo.

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Vivo

vivoEn Sin novedad en el frente de Remarque, como en El Miedo de Chevalier, como en general en todas las historias bélicas basadas en experiencias reales, una de las sensaciones más intensas como lector es la de angustia: sentirse atenazado por la incertidumbre de no saber hasta cuándo durará la locura; vivir con el horror de ignorar si tú serás el siguiente que caiga al suelo atravesado por una de las balas que culebrean por el campo de batalla.

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Bostezo

leonviejoCuando los leones se hacen viejos, sólo tienen dos salidas: o el circo o el zoológico. En los dos casos, el animal mantiene cierta cuota de dignidad gracias a la ingenuidad inherente de los niños: un león es un león, y por tanto su valor simbólico como temido Rey de la Selva está por encima de las condiciones físicas del animal. Pero a nosotros, adultos, nos produce una inconsolable lástima comprobar cómo el pobre león exhibe su melena trasquilada y sucia mientras da vueltas alrededor del escenario, o bien dentro de su jaula, al tiempo que bosteza, mostrando su dentadura roma y desordenada de anciano. Tanto en el circo como en el zoo podemos percibir el olor, es un olor a bestia pero también tiene algo de hedor corrupto. Las heces del león, así, atrapadas, en su formato de escaparate doméstico, resultan nauseabundas, sórdidas, miserables. El animal está muerto en vida; sus rugidos no asustan a nadie.

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Silbar mientras dure

puentesanjuanLo peor de la crisis no es ver cómo la calidad de vida de tu entorno se va degradando. Lo peor no es conocer que un nuevo amigo tuyo pasa a engrosar las huestes del paro, ni que tu cuñado, profesional con más de 20 años de experiencia como arquitecto, acabe viéndose obligado a volver a la casa de su madre. Lo peor no son los jóvenes que se amontonan en las plazas públicas, y que se han visto obligados a cambiar su estatus de jóvenes con BMWs tuneados por otro de jóvenes que manejan calderilla y alternan las pipas con los canutos. Lo peor no es esa sensación de que todo se vuelve feo y viejo de repente, que todo se vuelve antiguo y descuidado, como un anciano que ha perdido definitivamente la ilusión por la vida. Lo peor no es obligarte a mantener un régimen de vida casi monacal, atenazado por los miedos nocturnos de imaginar que tú podrías ser la próxima víctima de ese monstruo voraz que se llama miseria. Lo peor no es saber que el futuro pierde perspectiva, que todo el horizonte adquiere la apariencia de una imagen chata de un color negro sin resquicios. Lo peor no es la rabia, el miedo, la incertidumbre. Lo peor es la tristeza.

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Venecia sin ti (relato inédito)

Es Marisa quien desenrosca el tarro, es ella quien gira la tapadera con su voz titubeante, como atravesada por agujas, y deja que la infame y viscosa sustancia salga afuera, derramándose lenta, morosamente sobre mis oídos.

—El viejo, Martín. Acaba de morir.

El teléfono reproduce las palabras de Marisa, pero las siento lejos, como si entre su voz y yo discurriera un océano. El océano que el propio viejo no tuvo, por más que siempre mantuviera aquella pose impostada de lobo de mar, de capitán Ahab con las entrañas encharcadas de querencia marinera. E inevitablemente, mientras Marisa se atraganta con el caramelo funerario y su desabrido lenguaje burocrático -seguro de sepelio, servicio floral, modalidades de urna crematoria, habrá que celebrar un responso, supongo-, a este lado del teléfono no puedo sino recordar sus ridículos trofeos, esa colección de cañas de pescar que fue acumulando año tras año como evidencias embusteras de una forma de vida y una afición que realmente nunca cultivó.

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El adorno

adorno1Mi suegro era buen aficionado a las películas del Oeste y al cine clásico, aunque en sus últimos años le cogió gusto a las películas anabolizantes y de acción tipo Van Damme. Cuando veía una película y llegaba un momento de encamamiento, o incluso algo más liviano como un beso, una caricia o algún tipo de recreo erótico que no aportaba nada a la trama, mi suegro siempre lapidaba con la misma frase: “Ya llega el adorno”.

He pensado muchas veces en ese concepto, el adorno, sobre todo últimamente, en que me toca lidiar con eso que yo llamo “daños colaterales” de la literatura: acudir a presentaciones de mis libros, hablar de mi y de mi “obra”; en fin, promocionarme. Contunuar leyendo

Gracias

espedef“Ya no me escribes poesías”, me dice, como una queja que más bien se ha convertido en una coletilla. Y es cierto, creo que la poesía tiene una edad, los años lo hacen todo más prosaico, más rutinario, menos lírico. Es verdad que nos puede el día a día, la briega con los niños, las preocupaciones por cuadrar los números domésticos, la falta de horas libres, el cansancio. Es posible que hayamos dejado por el camino la sorpresa, las ganas de desconcertar al contrario y de arrancarle una de esas miradas brillantes suyas que asocio con una hoguera.

Hoy ella ha cumplido 38 años. Sobre el reverso de un diploma de un congreso al que asistí recientemente, entre los niños y yo, hemos dibujado una estampa familiar. Pablo se ha dibujado sobre una pelota, saltando, y Alicia se ha pintado con uno de esos vestidos coloridos que a ella tanto le gusta lucir y dibujar. Entre los tres, como un cadáver exquisito, hemos pintado a mamá. Después he comprado un marco y esta mañana se lo hemos regalado, los niños todavía medio dormidos, con los ojos legañosos, mientras se tomaban el desayuno. Contunuar leyendo