Categoría : Comunicación & Periodismo

Bluff 2.0

instagramAdemás de democratizar el acceso a la información y de convertir a cualquier ciudadano en generador y emisor activo de contenidos, trastocando los conceptos clásicos de la comunicación social y poniendo contra las cuerdas a los medios tradicionales de comunicación (que, aunque parezca mentira tras más de una década de Internet, todavía siguen desnortados), los social media han posibilitado también la proliferación de la impostura, hasta transformarla incluso en marca. No vamos a hablar aquí de la cantidad de gente que va de lo que no es en los social media; pasaremos por alto a toda esa reconocible legión de apóstoles del 2.0 que vive consagrada en cuerpo y alma a venderse bajo el rutilante celofán ‘nerd’ sin mucho que comunicar más allá de la pose y la querencia por el retuit. Preferiría referirme a la impostura de marca registrada. Contunuar leyendo

Gastrobarización

gastrobar

Las ciudades, además de muchas otras cosas, son fabulosos instrumentos de comunicación. Y dentro de las ciudades, los centros históricos constituyen la cocina desde la que se configura y se generan los mensajes, las ideas-fuerza, por cuanto es en ellos donde se concentra eso que llamamos la personalidad, el alma, la esencia de las ciudades.

La ciudad moderna se enfrenta a un serio problema de comunicación. Que tiene que ver con una interpretación depravada de lo que, en las últimas dos décadas, ha venido siendo la rehabilitación. Ha habido proyectos muy bien pensados y sobre todo muy bien intencionados en relación con la recuperación de nuestros centros históricos. Pero salvo honrosas excepciones, al menos en nuestro país, también la apisonadora del ladrillo pasó sobre ellos, imponiendo su lógica depredadora y conduciéndonos a una situación de pérdida total de identidad.

sierpesEn los últimos años, los centros históricos han sido sometidos a un proceso virulento de desmantelamiento de sus señas de identidad en beneficio del consumo, gestionado por marcas multinacionales y su floreciente sistema de franquicias. En consecuencia, y bajo el avieso argumento de devolver la vida a los centros históricos, se ha obrado el aberrante milagro de convertir todas las ciudades en la misma. En la Calle Preciados de Madrid, como en la Diagonal de Barcelona, como en la Calle Larios de Málaga o la Calle Sierpes de Sevilla, las grandes marcas de moda y restauración han conseguido el prodigio de igualar hasta tal punto la estética, los hábitos de consumo y la funcionalidad que en realidad todos parecen viarios de un mismo centro histórico.

El centro histórico sustituido por el centro comercial: una ambición de la política de bajos vuelos que, con el respaldo del comercio local, gozó de furibundo predicamento hace unos años. De forma que no había ciudad con cierto patrimonio histórico hace diez años que no tuviera su propio Centro Comercial Abierto en el perímetro de su catedral y su Ayuntamiento.

En realidad la percepción de los centros históricos tiene un punto de distorsión rayano en la fantasía. Es un poco lo que sucede cuando visitamos Ikea: uno tiene la impresión de que todos los Ikeas son en realidad el mismo, independientemente de su ubicación. Es como si pudiéramos entrar en el Ikea de Badalona y después de un garbeo salir por el Ikea de Alcorcón. Es como si habitáramos dentro de la marca.

Ahora, con la crisis, muchas de estas franquicias que convirtieron las calles de nuestros centros históricos en una valla de publicidad ininterrumpida, se ven obligadas a echar el cierre. Se regresa al negocio local. Pero la marca es demasiado poderosa, y su ausencia provoca un vacío semejante al cráter producido por un obús. Este vacío se ha llevado por delante buena parte de la identidad de nuestras ciudades, de forma que es imposible retomar la esencia sin que el resultado huela sospechosamente a impostura.

En estos días, proliferan en Sevilla los negocios de gastrobar. Se trata de establecimientos de tapas donde la sofisticación es la consigna. Todo es sofisticado, moderno, y también, en cierto modo, tradicional. Se apela a una autenticidad que resulta tan falsa como el escenario de un ‘Peplum’. Porque a poco que se rasque, no cuesta ver que todo son costuras de decoración de un vacío.

Recientemente viajé a Toledo, ciudad que había visitado ya hace algunos años y que recordaba como una ciudad auténtica, con una personalidad fuerte, con carácter. Me sorprendió comprobar que, como Sevilla, su centro histórico también está siendo sometido a un proceso de gastrobarización bastante agresivo. En general ocurre igual con todas las ciudades que visito por motivo de trabajo. Las señas de identidad son reducidas, a través del correspondiente proceso de distorsión comercial, a espacios kitchs para el trasiego de turistas despistados y con prisas. El Barrio de Santa Cruz de Sevilla o el zoco árabe de Granada son ejemplos bastante gráficos de esta tendencia.

La gastrobarización es un intento fallido de neocolonización semántica de nuestros centros históricos y de recuperación de todo lo perdido en el camino de la franquicia. En este proceso el gastrobar no está solo. Cuenta también con la ayuda de tiendas de yogurtería ‘tradicional’ (je), bares especializados en el arte del gin tonic (nunca imaginé que un cóctel tan rudimentario pudiera dar para tanto; también para tanto tonto), tiendas de decoración vintage, tiendas de ropa ecológica, y también, por supuesto, de las nuevas franquicias especializadas en la falsa tradición, como es el caso de cadenas como El Papelón en Sevilla, una suerte de mezcla imposible entre el McDonalds y la taberna tradicional, o La cruz blanca, que satisface el espejismo de disfrutar de la barra de cinc ‘de toda la vida’.

En consecuencia, nos hallamos ante centros históricos que han perdido su capacidad de comunicar, porque fundamentalmente han perdido su mensaje. Y que persiguen por un camino equivocado el anhelo perdido de la autenticidad. La ciudad, al final, no es más que el espejo de nuestra propia personalidad social: con cuántos vendedores de autenticidad te encuentras cada día. Y cuántas veces piensas que detrás de esos vendedores no hay más que fachada.

 

La fiesta del Patrón

skeleton29Hoy, 24 de enero, los periodistas de nuestro país celebramos la festividad de nuestro patrón, San Francisco de Sales. Se supone que es nuestro día.

San Francisco también es patrono de los escritores. Así que entiendo que yo debo celebrarlo doblemente.

A mí lo de los patrones siempre me ha sonado mal. Asocio un patrón con un jefe cabronazo, con un punto caciquil. También hay patrones de barco. Morgan Freeman siempre descubre a los psicópatas de sus películas porque siguen patrones de comportamiento. Y están igualmente los patrones de costura, como ésos que mi madre estudiaba atentamente en las revistas de confección de las que nunca llegó a aprender del todo, porque todavía hoy la costura se le sigue resistiendo (que no me escuche).

Pero para mí patrón es el tío que está asomado a la planta superior de la fábrica, desde donde escruta los movimientos de todos los trabajadores. Es un patrón sucio, malhablado, a quien no le importa escupir en el suelo, sin educación ni asomo de tacto.

Hoy celebramos la fiesta de nuestro patrón, que es también la fiesta del oficio del periodismo. Pero han encendido las luces y han puesto la música y resulta que a la fiesta no ha venido casi nadie.

Según la última encuesta de la APM, que todavía está caliente, el desempleo en el sector del periodismo supera ya las 6.500 personas en España. Una cifra que duplica a la interanualidad de los años 2008-2009, y que convierte a este sector profesional en uno de los más ‘activos’ (je) en el engrosamiento de las filas del paro.

Toda esa gente es la que no ha venido a esta fiesta. Es una fiesta desagradable, antipática, donde los que pinchan son los directivos de las empresas de comunicación, y los que sirven las copas son las auditoras y empresas especializadas en la justificación de los despidos. Ni unos ni otros entienden nada de periodismo, porque no son periodistas: se mueven al ritmo de la música de la productividad, la obtención del beneficio, sin llegar a comprender ni por asomo que de lo que hablamos es de gestionar y producir contenidos.

Hace no mucho me lo comentaba un veterano de ABC: “Están midiendo la productividad en las redacciones. Eso se traduce en menos gente produciendo más páginas”. Tenía cara de tristeza, pero todos los periodistas veteranos la tienen. Más bien le vi un rictus de alivio: pertenece a la última generación de los que salieron vivos de este viaje. Hoy nadie puede concebir la posibilidad de hacerse viejo en un periódico.

Es muy fácil ser productivo en la redacción de un medio. Basta con abarrotar páginas y páginas de teletipos. Basta con cortar y pegar. Es un trabajo bastante mecánico, casi fabril. El trabajo mecánico que le gusta al patrón.

No hay nada que celebrar, pero es su día y el patrón sigue pasándoselo bien en su fiesta. Aunque eso le obligue a cambiar de compañeros de viaje. En este viaje hacia la desintegración de esa cosa vieja que aún llamamos periodismo (también la propia denominación está en proceso de cambio), el patrón se ha hecho amiguete de los directivos de las grandes empresas que antes fueron de comunicación y ahora se remozan con nueva terminología como industria de los contenidos, plataformas multimedia o laboratorio de ideas. Y no pierde las ganas de bailar como un descosido.

El resto, los 6.500 periodistas en paro que malviven precariamente afuera, soportando las inclemencias del hambre, el frío y la perplejidad, observan atentamente el baile del patrón. Y no pueden dejar de pensar en una danza macabra.

 

Entrar en la tienda

escaparateEn los últimos tiempos, hay palabras que parecen incrustadas en mis oídos. Están ahí, permanentemente, la mayor parte del tiempo amodorradas, como si quisieran pasar desapercibidas, pero de vez en cuando asaltan furibundamente mis oídos como termitas con apetito de tímpano. Y no hay quien las quite de allí, son como esa insoportable piedrecita que uno no es capaz de desalojar del calcetín y que nos molesta cuando andamos, como la puñetera espina que se nos incrusta entre diente y diente y nos afea la sonrisa. Ese tipo de pequeñas penitencias.

La que ahora dormita ahí, dentro de mi tímpano, se llama networking. Es una de esas palabras que han proliferado al calor de toda esa nueva disciplina que tiene que ver con los social media, la gestión 2.0 y todo lo que atañe a las nuevas formas de comunicación.

Todo el mundo ahora parece empeñado en el networking. El otro día, en el TEDxSevilla, escuché la palabra, sin exagerar, una docena de veces (otro día hablaré de TED: la cosa tiene mandanga; exige un post monográfico). No hay evento que presuma de lustre, que quiera dárselas de moderno, que no se afilie al dichoso concepto. Cualquier cosa es un networking. Networking is in the air. Está en las escuelas de negocio, está en los blog de la gente cool y puesta en esto, está por todos lados en los Starbucks y en su irrespirable ambiente de pijos con Mac; está en los seminarios profesionales; está en la boca de los coaches que dictan doctrina en las plantas nobles de las grandes empresas; está en los foros de cómo buscar empleo. Sólo lo echo en falta en una nueva marca de ropa. De ropa íntima, para más señas, por aquello de favorecer el contacto y propiciar relaciones.

Como todo, el networking no es nada nuevo. Se trata de currarse el lobby, de engrosar agenda, de hacerse ver y notar en cualquier sarao. Lo que antes eran los Ecos de Sociedad de ABC pero en formato trendy, con escenarios en los que el cabello permanentado ha sido sustituido por los flequillos semi-EMO y los zapatos castellanos por zapatillas Converse –ellos- o por Manolos –ellas.

Con una población activa en la que el paro hace estragos, donde una de cada tres personas está en situación de desempleo, hacer networking constituye un eufemismo eficaz para salir airoso y esquivar el sambenito de “parado”. Ahora no hay parados, hay mucha gente que hace networking. Y que se dedica en cuerpo y alma a hacer branding (otro bonito ‘palabro’), que no es otra cosa que venderse de forma muy eficaz.

Toda religión tiene su lenguaje. Y la religión del 2.0 impone su nuevo diccionario. Nada que objetar: después del 2.0 vendrá el 3.0, o el 5.0, o el que se tercie, cada uno con su correspondiente manual de uso y su terminología de acompañamiento. La que nos toca, esta del puñetero networking, sin embargo, me genera verdaderas y muy serias dudas. Que tienen que ver con cierta desproporción entre el fondo y la forma. Vale, compro networking, compro branding, ¿pero hay contenido detrás de la fachada? ¿Hay talento que vender más allá de la terminología, de las poses, de la seducción? ¿Tienes un buen contenido que ofrecerme? ¿Sabes crear, construir, aportar calidad?

No sé si me explico: A mí siempre me ha gustado contemplar los escaparates. Pero cuando necesito algo, entro en la tienda.

Poder

Suelo cruzarme habitualmente de camino al trabajo con alguien que en otro tiempo fue muy poderoso. Presidió una entidad financiera, a la que desde mi empresa prestamos numerosos servicios de comunicación durante algunos años. En los tiempos en que él fue presidente de aquella entidad, de aquel gigante omnipresente en las grandes ciudades de toda Andalucía, nunca llegó a parecerme del todo una persona. Estaba siempre en la sombra, desdibujado por una especie de aureola conformada por un séquito de guardaespaldas, asesores y pelotas de diverso calibre. Nunca llegué a mantener una conversación en firme con él, más allá de un saludo o un comentario forzado por las circunstancias y la casualidad. Aun así, por los numerosos mentideros y escondites por los que chorreaba la información y la mala baba dentro de la estructura de aquel tremendo gigante empresarial, supe de algunas obsesiones, querencias y aficiones más o menos reprobables del presidente. En aquel tiempo era intocable. Ejercía con mano firme su poder, y aunque de apariencia afable generaba a su alrededor cierto miedo. Toda su agenda era diseñada y ejecutada con celo, cuidando al milímetro cada detalle. Vi a más de uno sufrir un ataque de llanto o simplemente romperse debido a un mero comentario del presidente dirigido hacia él o hacia algún asunto de su competencia. Al presidente le gustaba una determinada marca de whisky, y le gustaba tomarlo de una determinada forma. Ay de ti si no acertabas con la marca, y mucho peor con no prepararlo como a él le gustaba. El cortejo del presidente, una prolongación de su mano compuesta de una masa indeterminada y fluctuante de hombres de confianza, cuidaba porque todo llegara hasta él del modo en que a él le gustaba. Aunque debía medir poco más de un metro 60, cuando paseaba por los pasillos de su empresa, o incluso cuando lo hacía por la calle, la sensación era la de ver pasar un gigante. Su presencia resultaba inhumana. El poder no era un atributo, más bien él mismo era una materialización posible de poder, una de sus realizaciones.

Ahora que lo veo por la calle, con sus vaqueros muchas veces algo desgastados, con la camisa un tanto arrugada, portando un periódico, o con bolsas del supermercado, sé que no lo merece, pero lo único que puedo sentir por él es compasión, pena. Me sorprendió descubrirlo un día esperando en una parada de autobús, él, que pasó media década contemplando el mundo a través de los cristales ahumados de un vehículo blindado. Lo veo y pienso en un animal viejo, en un león anciano con las uñas romas y la dentadura podrida. Pocas cosas hay tan tristes como alguien que ha tenido ocasión de paladear con deleite el poder y que, de un segundo para otro, se ve con la boca abierta y la ambrosía volando hacia otra boca. Una vez que son apeados del trono, se convierten en enfermos. Parece como si con el poder se llevaran algo más de sus cuerpos, los vaciaran de algún modo. Y te los encuentras, así, caminando por la calle, desgarbados, con la mirada perdida, como supervivientes de un accidente, sin que sepas muy bien, al verlos, si realmente deseaban sobrevivir a ese poder, o les hubiera gustado quedar congelados para siempre en sus estampas pretéritas de gloria. Y casi siempre los ves solos, o parecen solos aunque estén rodeados de gente. Porque en los tiempos de gloria y aplauso, era difícil que estuvieran solos, pero ahora la soledad parece más bien una muestra del carácter, un rasgo inherente a su nueva personalidad.

Los hay que, una vez apeados, intentan seguir la estela de ese poder. Ya les pasó su tiempo, pero aun así se aferran a la estela, intentando mantener su cuota de gloria. Éstos son los peores. Acumulan tanto resentimiento, tanta vanidad por los tiempos pasados, que pierden del todo la perspectiva. En lo profesional, son incapaces de resultar útiles. Están castrados, el poder acabó con ellos, con todo rastro de capacidad profesional, de discernimiento objetivo. Pero el perro viejo puede retirarse y no hacer ruido o volverse rabioso. Sobre todo cuando el perro viejo no lo es en realidad tanto: he visto a muchos políticos que accedieron jóvenes a altos cargos de responsabilidad y que acaban siendo expulsados de la primera línea cuando todavía les queda lejos la cincuentena. Cuidaos de ellos, son los más peligrosos. Quieren morder pero están desorientados: la ceguera que proporciona el brillo del poder les impide identificar hasta muy tarde –muchos ya no lo consiguen nunca- el objeto de sus mordidas. Se convierten en animales torpes, con un punto de demencia temeraria realmente dañino.

Me cruzo con ese hombre que una vez fue poderoso casi todos los días. A menudo nos sostenemos por un instante la mirada, pero nunca nos saludamos. No me reconoce, es imposible, pero tengo la sensación de que si hubiera compartido algunos ratos a solas con él tampoco me reconocería. La mirada, esa que en otro tiempo me pareció robusta, como de acero, ahora resulta vacía, esquilmada, como una tienda en liquidación, como un edificio descuartizado por una bomba. Se está muriendo, pienso, ese hombre todavía vive pero desde que abandonó el poder se muere un poco cada día, lenta, gris, dolorosamente. Debe resignarse: no existe tratamiento para ese cáncer, es tan viejo como el mundo desde que lo habitan los hombres.

El último maldito del rock andaluz

Se nos ha ido nuestro Jim Morrison. En esta pequeña California que es Andalucía, Rockberto González, líder de Tabletom, representaba el espíritu de la música rock ejercida como acto de libertad puro, sin ataduras ni concesiones a lo correcto, bajo el único criterio de la expresividad. Silvio amaba demasiado a Elvis y tenía espíritu de Teddy Boy. Por eso, por encima de sus desbarres y ocurrencias, nunca ejerció una actitud verdaderamente punk. Roberto González era el verdadero punk del rock andaluz: no hay más que darse un garbeo por el seminal disco Mezclalina o por Inoxidable para darse cuenta de ello. Mezcla imposible de patriarca gitano y de Frank Zappa, sus conciertos se convertían en auténticas performances donde la (buena) música se combinaba con la poesía y el disparate. No le interesaba el dinero, sólo tener cerca una buena provisión de costo y gente dispuesta a escuchar. Su grito es una especie de Primal Scream pasado por la trituradora de Camarón. Son berridos que llevan el quejido flamenco al terreno de la suciedad, creando un ruido tremendamente macarra. Después están sus letras, algunas de ellas de enorme altura poética, y que discurren con naturalidad por terrenos costumbristas, sembrando el espacio sonoro de aires lisérgicos, con un pie en Valle-Inclán y otro en García Lorca. Y por último, la música, ese estilo inconfundible de jazz aflamencado, no apto para oídos cómodos, lo que los enemistó de por vida con las audiencias masivas, al contrario de otros colegas de su generación que corrieron mejor suerte como Veneno o Pata Negra.

Quiso la suerte que Tabletom se abriera al gran público gracias a una versión a cargo de Extremoduro de uno de sus temas más mediocres y anecdóticos. Pero Me estoy quitando no deja de ser una pincelada burda de un ingenio que alcanzó altas cotas creativas. Resulta difícil escuchar temas como Tipos duros, Ininteligible, California, El Vampiro o La parte chunga sin sentir el pellizco. Detrás estaba Rockberto, el último maldito del rock andaluz, que ya descansa en el Panteón de las Leyendas Sureñas junto a figuras como Silvio, Julio Matito o Jesús de la Rosa. Feliz inmortalidad tengas, maestro.

(Publicado el día 19 de junio en El Correo de Andalucía)

Periodismo

Hace algunos años, recién terminada la carrera de Periodismo y mientras me debatía entre perpetuar el proceso de realización de prácticas (aunque parezca imposible, aún hay gente más o menos de mi quinta que siguen ejerciendo de becarios) o aventurarme en el mercado de trabajo, recibí la tentación de incorporarme a la Redacción de un periódico. Era un periódico local de la provincia de Huelva, en un puesto orientado a la realización de reportajes de esos que llamamos “de interés humano”, y tambien de entrevistas con un tono social, amable, distendido. Unos amigos de la Facultad pensaron que la vacante calzaba como un zapato perfecto en mi perfil. Habían leído algunas de las cosas que había escrito para el ABC de Sevilla en mi etapa de prácticas, y pensaron que era idóneo para elaborar el suplemento de ocio semanal, donde se incluía abundante información de tipo social y cultural. Recuerdo que durante la visita me acogieron con entusiasmo y mucho cariño. Me regalaron incluso una colección completa de Poesía Onubense que algún tiempo antes regalaban con el periódico, y que aún hoy descansa en la librería de mis padres (sólo he sustraído a escondidas dos, que seguro que no notarán: el obligado de Juan Ramón Jiménez y uno del maestro Manuel Moya).

La entrevista que mantuve con el director del periódico fue decisiva para mí en muchos aspectos. Imagino que el tipo, del que no recuerdo el nombre, ni siquiera se acordará de mí, ni de que mantuvo conmigo aquel encuentro. Fueron apenas unos minutos, pero yo nunca lo olvidaré. El periódico local que dirigía estaba atravesando una fase de inevitable decadencia: se iba cuesta abajo hacia la ruina. Después de haber conocido tiempos mejores, habían puesto al frente del Consejo de Administración a unos empresarios que lo único que pretendían era que el medio ejerciera de vocero de las empresas titulares y diera dinero a través de la publicidad. El periódico no duró mucho más después de aquel encuentro. De hecho, para buscarlo hoy hay que acudir a las hemerotecas.

Por lo que me confesaron mis amigos más tarde, el director era un auténtico cretino, que ni siquiera tenía titulación periodística. Se dedicaba a explotar a los trabajadores, imponiéndoles un ritmo de trabajo fabril, como si en lugar de una Redacción ocuparan un horno. Aun así, para mí fue un maestro, un maestro de ésos que enseñan vida en todo su mal sentido.

Me sentó en su despacho. No recuerdo su cara, ni su nombre, pero caprichosamente sí me acuerdo del olor: olía intensamente a tabaco negro.

-Me han dicho que escribes muy bien.

-Sí.

-Bueno. Pues el puesto es tuyo.

No era ninguna bicoca, porque estaba, ya por aquel entonces, miserablemente pagado. Si la memoria no me falla, la nómina era de 60.000 de las antiguas pesetas. Corría el año 98 o por ahí.

-¿Qué es lo que pretendes encontrar en este periódico? –me preguntó.

-No sé –todavía me quedaba un resto de romanticismo-. Escribir buenos reportajes. Hacer un buen periodismo. Producir con calidad. Cosas de las que pueda sentirme orgulloso.

El tipo se rió.

-Aquí no se hace periodismo –contestó, y entonces descerrajó su frase imborrable-. Aquí sólo se rellenan los huecos que deja la publicidad.

Salí de allí muy aturdido, sin que fuera capaz de reaccionar a las preguntas de mis compañeros, que me esperaban a la puerta. Tuve fuerzas para decirles que bueno, que de momento me lo pensaría. Pero cuando mis amigos me dejaron en el coche, padecí uno de los ataques de tristeza más agudos que recuerdo en mi vida.

Con una sola frase, aquel tipo miserable me enseñó todo lo que necesitaba saber del negocio periodístico. Todo lo que durante cuatro años no me había enseñado la carrera, ni los casposos profesores con trajes de chaqueta de pana que se atragantaban glosando las sublimes y heroicas biografías de los vates del Periodismo universal. Todo lo que no venía en los manuales de estilo de los grandes medios, ni en los sesudos tochos de teoría periodística, ni en las memorables hazañas de la Historia del Periodismo, podía resumirse en unas pocas palabras. Creo que he aprendido de pocas personas tanto como de aquel hombre mediocre y bastante repugnante, que consiguió sintetizar en una sola frase la esencia de este puerco negocio.

Leo hoy la noticia del anuncio de los despidos por parte de PRISA. Me entristece porque tengo buenos amigos dentro de la empresa, pero también soy consciente de que es la crónica de una muerte anunciada: un sacrificio ineludible dentro de una carrera generalizada hacia la disolución de los medios tradicionales, que todavía tiene que llevarse a muchos otros transeúntes por el camino. No sé cuándo se fastidió todo, no sé en qué momento empezó a torcerse, pero creo que muchos deberían haberse topado hace años con mi singular maestro. Hubiéramos evitado romanticismos idiotas, hubiéramos sabido señalar a tiempo dónde está el enemigo. Hubiéramos resuelto, sin necesidad de traumas ni escaramuzas, este enorme malentendido que es el periodismo considerado como un ejercicio de héroes a los que sólo les mueve la búsqueda de la verdad por encima de intereses mercantilistas.

Se llevó a un presidente de EE.UU. por delante, pero eso sólo fue la consecuencia evidente. Cuánto daño nos ha hecho a todos el escándalo Watergate.

En qué trabajo, 1

Recuerdo que fue de las últimas veces que lo vi. Durante mucho tiempo había renunciado a entrevistarse conmigo, de manera que todos mis despachos eran con su mano derecha, una de sus concejalas. Pero un día nos llamó, a mi socio y a mí. Acudimos como de costumbre, como particularmente yo había hecho decenas de veces, durante los dos años que duró nuestra relación. Subimos por la imponente escalinata de mármol, avanzamos por el noble pasillo abarrotado de maderas de roble, de porcelanas y de placas conmemorativas, y llegamos hasta el despacho de la Alcaldía.

Allí estaba él. Tenía el semblante severo, y una vaga presión sobre los hombros que le hacía caminar encorvado y parecer algo mayor. Nos pidió que nos sentáramos, ocupó su sillón de Alcaldía, y desde allí, fatigado, con el rostro funerario, como resignado al padecimiento de algún mal, nos lo explicó.

-Os he llamado porque no sé cómo afrontarlo.

Antes de abordar el meollo del asunto dio infinitas vueltas: se perdió en sus propias palabras, formando una enorme madeja de interjecciones y frases incompletas en su boca. Llevaba tres legislaturas como alcalde, era una persona respetada, querida, alguien importante. Pero ahora parecía un espantajo, una marioneta con las extremidades torpes, débiles, inservibles. Un soldado derrotado.

-No puedo salir a la calle –confesó-. Siento pánico a andar por el pueblo. La gente me para, quiere hablar conmigo. Se detienen para saludarme, o para pedirme algo. Pero yo no puedo.

Tardamos en entenderlo, pero al final lo conseguimos. No estaba pidiendo asesoramiento. Simplemente quería que le escucháramos. Se sentía alguien ajeno a su pueblo, a ese pueblo por el que había dado más de una década de su vida. Decía que cogía el coche y prefería hacer muchos kilómetros para tomar un café antes que quedarse allí, junto a los suyos. Le repugnaba caminar por la calle y saberse continuamente observado y analizado. Se pasaba las horas muertas en el interior de su despacho, al que llegaba muy temprano y del que apenas salía. Había crecido en él una aversión enfermiza por la gente, por toda aquella gente a la que supone que debía defender desde su condición de máximo representante del pueblo.

-No puedo –decía, como quien asume que porta una enfermedad incurable, completamente ajeno a nuestros comentarios, mera prestidigitación de lugares comunes de consuelo.

No repitió como alcalde. Al poco su partido inició una cacería interna que dio con sus huesos fuera del sillón. Tenía negocios, se decía que había especulado con suelos, se sospechaba que estaba en el ojo del huracán. Pero lo cierto es que logró salir sin mancha. No lo volví a ver. Es posible que, si lo hiciera hoy, ni siquiera lo saludaría. Pero puedo recordar con precisión su rostro de aquel día, que me asalta de vez en cuando, de forma súbita, cuando tomo café en cualquier cafetería del centro o cuando voy camino de una reunión, o simplemente cuando tiro de la cadena del váter. Pocas veces, o nunca, he visto asomarse a unos ojos el terror de una forma tan nítida.

Periodismo libre, ese camelo

La verdad, ahora que lo pienso, estudié Periodismo pero nunca he sido un convencido de esta profesión. Siempre tuve la sensación de haber estudiado algo demasiado fraudulento, un poco espurio. Como nunca me he creído demasiado la profesión, tampoco nunca he tenido problemas para desprenderme de todos los clichés que muchos todavía enarbolan y abanderan como dogmas de fe. Todo eso, por ejemplo, de que el periodista tiene la misión de buscar la verdad, que incluso la verdad es posible a través del ejercicio de la práctica periodística. Me pasé la mitad de la carrera metido en la biblioteca, y buena parte de la otra mitad (sobre todo en los dos últimos años) en los bares, haciendo siempre lo que más me gustaba: estar con la gente y leer, sobre todo leer, leer mucho. Allí, en la biblioteca, pasé mañanas enteras leyendo, y también escribí; más de la mitad de Chatarra fue alumbrada en aquella apretada biblioteca, entre los tosidos de los compañeros y los apuntes de cualquier asignatura infame. Por eso toda aquella cultura del Periodismo como Oficio, toda aquel tinglado de los periodistas comprometidos que desenmascaran al Poder, que persiguen la Verdad sorteando al peligro; toda aquella Religión del sacrificio personal y el sometimiento a la Información entendida como un bien público objetivo, con aquella caterva de santurrones periodísticos (Bernstein y Wodward, Capote, Wallraff) como modelos acechantes frente a cualquier tentación de conformismo o de prostitución de los ideales periodísticos, nunca me caló del todo, es más, siempre me pareció una impostura. Algo que pude comprobar en mi breve periodo de vida como becario en un medio de comunicación, donde muy rápido comprendí lo que siempre había sabido y algunos libros –los de Pizarroso Quintero o Vázquez Montalbán, entre otros- ya me habían advertido: que esto del periodismo es simplemente un trabajo industrial donde concurren intereses específicos de personas que aportan su capital y deciden la agenda del día y lo que debe y no debe ser información. Y que los periodistas no son más que obreros mercenarios cuya única misión es crear edificios de palabras sobre una arquitectura ideológica y publicitaria trazada de antemano, sin más valor ni mérito que el albañil que va agolpando ladrillos hasta transformar un plano en un edificio.

La crisis actual que padecemos a todos los niveles no ha hecho sino acelerar aún más la propia crisis del sector de las comunicaciones, donde irreversiblemente nos enfrentamos a un cambio radical de escenario motivado por la irrupción de Internet y los nuevos hábitos de lectura. Si hay muchos sectores que están padeciendo la crisis, sin duda el de los medios de comunicación es uno de los que lo está viviendo más amargamente.

Ahora veo a mucha gente, algunos amigos míos, que se están yendo a la calle por la aplicación de EREs en las empresas y grupos de comunicación. Quizá llevan 20 años dedicados a un determinado medio de comunicación y ven cómo de un día para otro les pegan una patada, arrimándoles una bolsa de chucherías en forma de indemnizaciones que les ayudarán a superar levemente la depresión. A pesar de eso, hablas con muchos que han mantenido el puesto y te siguen diciendo que qué pueden hacerle, que valiente putada de Empresa cabrona pero que ellos tienen el veneno del periodismo en las venas, que tienen que salir a la calle cada día, que no pueden dejar pasar la noticia, el “nervio” de la actualidad. Siempre te hablan fatal de los compañeros periodistas “del otro lado”, los que como yo trabajamos representando a empresas e instituciones que nos pagan por gestionar su comunicación, porque nos ven como propagandistas mientras que ellos se sienten representantes del periodismo puro, del que enarbola la verdad, del que destapa las injusticias, etc., etc. Imagino que no es falta de luces, imagino que prefieren seguir viviendo en el territorio idílico y mentiroso del periodismo libre, ignorando voluntariamente que ellos no son más libres que yo, que las palabras con las que ellos construyen sus edificios sirven a los mismos propósitos capitalistas que aquellas con las que yo levanto mis edificios.

Otra cosa es la literatura.